EL BLOG SE PRESENTA...

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Al cumplir los cuarenta, mi creador comenzó a hacerse las típicas preguntas asociadas a aquella edad: «¿qué he hecho con mi vida hasta ahora?», «¿qué pienso hacer a partir de ahora con ella?». Esas cuestiones fueron el motor de un blog con un carácter más bien “autobiográfico”, una suerte de “registro de recuerdos” que pretendía anotar algunas de sus vivencias personales y su impacto en él. Sin embargo, aquellas primeras páginas se expresaban en función del autoconcepto y el estado de ánimo del autor. Si ambos eran bajos, el estilo de cada publicación traslucía ese sentir.
Con el tiempo, aquel proyecto acabó en vía muerta.
Dos años después, mi autor retomó aquel cuaderno de bitácora para reconstruirlo desde sus cimientos e intentar corregir sus defectos. ¡Y nací yo!
En mis inicios, fui un medio para satisfacer el deseo de compartir vivencias y reflexiones personales, así como textos y vídeos variados que gustaban a mi creador. Este navío quería traer a puerto todas aquellas mercancías que pudieran enriquecer a los que paseasen por sus páginas.
Con el paso del tiempo me he dado cuenta que soy todo eso y algo más. Si, sigo siendo el saco en el que se introducen todas aquellas vivencias, reflexiones, textos y videos que han enriquecido de una u otra manera a mi autor. Pero además, combinando palabras propias y prestadas, me estoy convirtiendo en el relato de un itinerario en el que mi creador describe su transformación. En mi se ha reunido todo aquello que ha formado parte (de alguna manera) de un proceso de ensanchamiento humano y espiritual, un proceso de evolución que aún continúa.

¡Bienvenidos!


Mostrando entradas con la etiqueta Dimensión espiritual del hombre. Mostrar todas las entradas
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lunes, 25 de febrero de 2019

EGO

La semana pasada embarqué en este navío un fragmento de santa Teresa de Jesús (si quieres leerlo, haz click en este enlace). Aquel texto hablaba de conocimiento propio, de reconocimiento de nuestro “humus”. La santa tenía la certeza de que Dios habita en lo más íntimo de nuestro ser y es allí donde es posible una experiencia honda de encuentro con El. Teresa aconsejaba repetidamente comenzar en el camino de oración conociendo ese lugar de encuentro, o sea, conocer y considerar lo que somos.
 
El problema de observarse demasiado el propio ombligo es acabar dando vueltas entorno al ego (a mí me gusta llamarlo “ego-centripetismo”). Alguien como Pablo d’Ors propone un método (basado en su experiencia de meditación) para salir de ese egocentrismo.
 
«Para bien o para mal, desde mi más temprana adolescencia he sido alguien muy interesado en profundizar en mi propia identidad. Por eso he sido un ávido lector. Por eso cursé Filosofía y Teología en mi juventud. El peligro de una inclinación de este género es, por supuesto, el egocentrismo; pero gracias al sentarse, respirar y nada más, comencé a percatarme de que esta tendencia podía erradicarse no ya por la vía de la lucha y la renuncia, como se me había enseñado en la tradición cristiana, a la que pertenezco, sino por la del ridículo y la extenuación. Porque todo egocentrismo, también el mío, llevado a su extremo más radical, muestra su ridiculez e inviabilidad» (Pablo d'Ors, Biografía del silencio. Siruela, Madrid 2017, p. 12).
 
Según esto, no es cuestión de luchar contra el ego, o de renunciar a uno mismo, sino de reírse de nuestra inclinación a ver al yo como centro del universo.
 
La semana pasada, Santa Teresa hablaba de considerarse a uno mismo considerando también la grandeza del Dios que viene a habitarnos. De forma análoga, alguien que no sea creyente y que, con actitud contemplativa, observe un espacio natural, un cielo estrellado o la fuerza de los elementos, puede comprender lo pequeño, lo inmensamente pequeño que es ese microcosmos al que llamamos “yo y mi circunstancia”.
 
Esta semana he tenido la ocasión de leer un texto del monje cisterciense Thomas Merton (un texto atravesado en ocasiones de gran ironía). El monje estadounidense afirmaba que la vocación de todo ser humano no es otra sino ser lo que somos. Él llegó a afirmar: “para mí, ser santo significa ser yo mismo”.
 
Sin embargo, conocer y alcanzar nuestra propia identidad nunca será posible desde la separación de Dios o desde el aislamiento de los otros seres humanos. Crear y creer en un yo diferente al resto del común de los mortales no solo sería una mentira, sino incluso peligroso.
 
Pero quizá sea mejor dejar hablar a Merton.
 
«Para llegar a ser yo mismo tengo que dejar de ser lo que siempre pensé que quería ser; para encontrarme a mí mismo tengo que salir de mí, y para vivir tengo que morir.
 
Esto se debe a que he nacido en el egoísmo, y por eso mis naturales esfuerzos por hacerme más real y más yo mismo me hacen menos real y menos yo mimo, porque giran en torno a una mentira.
 
Quienes no conocen nada de Dios, y cuyas vidas están centradas en sí mismos, se imaginan que sólo pueden encontrarse a sí mismos afirmando sus deseos, ambiciones y apetitos en una lucha con el resto del mundo. Tratan de hacerse reales imponiéndose a otras personas, apropiándose de una parte de la limitada cantidad de bienes creados y acentuando así la diferencia entre ellos y otras personas que tienen menos que ellos o nada en absoluto.
 
Sólo pueden concebir una manera de hacerse reales: separarse de los otros y construir una barrera de contraste y distinción entre ellos y los demás. No saben que la realidad no debe ser buscada en la división, sino en la unidad, ya que somos “miembros unos de otros”.
 
Quien vive en la división no es una persona, sino tan sólo un “individuo”.
 


Tengo lo que vosotros no tenéis. Soy lo que vosotros no sois. He conseguido lo que vosotros no habéis podido conseguir y me he apropiado de lo que vosotros no tendréis jamás. Por eso vosotros sufrís y yo soy feliz, vosotros sois despreciados y yo soy elogiado, vosotros morís y yo vivo; vosotros sois nada y yo soy algo, y soy tanto más porque vosotros no sois nada. De esta manera paso mi vida admirando la distancia entre vosotros y yo; a veces esto me ayuda incluso a olvidar a las personas que tienen lo que yo no tengo, han tomado lo que yo no tomé, debido a mi lentitud, se han apropiado de lo que estaba fuera de mi alcance, son elogiadas como yo no puedo serlo y viven de mi muerte…
 
Quien vive en la división vive en la muerte. No puede encontrarse a sí mismo, Porque está perdido; ha dejado de ser una realidad. La persona que cree ser es un mal sueño. Y cuando muera, descubrirá que había dejado de existir hacía mucho, porque Dios, que es la realidad infinita y en cuya mirada está el ser de todo cuanto existe, le dirá: “No te conozco”.
 
Y ahora reflexiono sobre la enfermedad del orgullo espiritual. Pienso en la peculiar irrealidad que penetra en el corazón de los santos y devora su santidad antes de que esté madura. Hay algo de este gusano en el corazón de todos los religiosos. Tan pronto como realizan algo que saben que es bueno a los ojos de Dios, tienden a apropiarse de esa realidad y hacerla suya. Tiende a destruir sus virtudes reivindicándolas para sí y revistiendo la íntima ilusión de sí mismos con valores que pertenecen a Dios. ¿Quién puede escapar al secreto deseo de respirar una atmósfera diferente de la del resto de los seres humanos? ¿Quién puede hacer obras buenas sin buscar en ellas alguna agradable distinción del común de los pecadores de este mundo?
 
Esta enfermedad es aún más peligrosa cuando consigue aparecer como humildad. Cuando un orgulloso se cree humilde, es un caso perdido.
 
Supongamos que un hombre ha hecho muchas cosas que a su naturaleza le resultaba difícil aceptar. Ha superado pruebas difíciles, ha trabajado mucho y, por la gracia de Dios, ha llegado a poseer un hábito de fortaleza y abnegación gracias al cual, finalmente, el trabajo y los sufrimientos se hacen llevaderos. Es razonable pensar que su conciencia esté en paz. Pero, antes de que pueda percatarse de ello, la limpia paz de una voluntad unida a Dios se convierte en la complacencia de una voluntad que ama su propia excelencia.
 
El placer que siente en su corazón cuando realiza cosas difíciles y consigue hacerlas bien, le dice secretamente: “Soy un santo”. Al mismo tiempo, parece que otros reconocen que es diferente de ellos. Lo admiran o, quizá, lo evitan -¡el dulce homenaje de los pecadores! El placer se convierte en un fuego devorador. El calor de ese fuego es muy semejante al amor de Dios, porque es alimentado por las mismas virtudes que mantienen la llama de la caridad. Arde en el fuego de la admiración de sí mismo, paro piensa: “Es el fuego del amor de Dios”.
 
Piensa que su orgullo es el Espíritu Santo.
 
El dulce calor del placer se convierte en el criterio de todas sus obras. El gusto que encuentras en los actos que lo hacen admirable a sus propios ojos le lleva a ayunar, a orar, a ocultarse en la soledad, a escribir muchos libros, a construir iglesias y hospitales o a fundar mil organizaciones. Y cuando consigue lo que quiere, piensa que su sentimiento de satisfacción es la unción del Espíritu Santo. Y la secreta voz del placer canta en su corazón: Non sum sicut caeteri homines (“No soy como los demás hombres”: Lc 18, 9-14).
 
Una vez que comienza a avanzar por este camino, no hay límites para el mal que, llevado de la satisfacción de sí mismo, Puede hacer en nombre de Dios y de Su amor y para tolerar el consejo de otra persona –o las órdenes de un superior. Cuando alguien se opone a sus deseos, junta humildemente las manos y parece aceptarlo por el momento, pero en su corazón dice: “Soy perseguido por hombres mundanos, incapaces de comprender a quien está guiado por el Espíritu de Dios. Con los santos siempre ha sido así”.
 
Y, habiéndose hecho un mártir, es diez veces más testarudo que antes.
 
Cuando tal persona se cree que es un profeta o un mensajero de Dios, o que tiene la misión de reformar el mundo, las consecuencias son terribles… Es capaz de destruir la religión y hacer que el nombre de Dios resulte odioso para los hombres.
 
De alguna manera, tengo que buscar mi identidad no sólo en Dios, sino también en los otros.
 
Jamás podré encontrarme a mí mismo si me aíslo del resto de la humanidad como si perteneciera a una especie diferente».
 
Thomas Merton, Nuevas semillas de contemplación. Sal Terrae, Santander 2003, pp.67-70.
 

sábado, 22 de diciembre de 2018

LODO

Después de la publicación de la entrada “SILENCIO” del pasado 16 de diciembre, rebuscando entre mis archivos he encontrado este testimonio de Pablo d’Ors, que se encuentra en su libro “Biografía del silencio”, en el que habla de sus primeras incursiones en el mundo de la meditación, en las que no hizo “grandes descubrimientos”, ni tuvo profundas experiencias místicas. Sólo encontró lodo.
 
Pero incluso el lodo se asienta transcurrido el tiempo, permitiendo descubrir la claridad del agua.
 
En estas líneas que hoy transcribo no puedo dejar de sentirme plenamente reflejado y me trasmiten la esperanza que necesito para seguir manteniéndome en este sendero.
 
Durante el primer año, estuve muy inquieto cuando me sentaba a meditar: me dolían las dorsales, el pecho, las piernas... A decir verdad, me dolía casi todo. Pronto me di cuenta, sin embargo, de que prácticamente no había un instante en que no me doliera alguna parte del cuerpo; era solo que cuando me sentaba a meditar me hacía consciente de ese dolor. Tomé entonces el hábito de formularme algunas preguntas tales como: ¿qué me duele?, ¿cómo me duele? Y, mientras me preguntaba esto e intentaba responderme, lo cierto era que el dolor desaparecía o, sencillamente, cambiaba de lugar. No tardé en extraer de esto una conclusión: la pura observación es transformadora; como diría Simone Weil -a quien empecé a leer en aquella época-, no hay arma más eficaz que la atención.
 
 
La inquietud mental, que fue lo que percibí justo después de las molestias físicas, no fue para mí una batalla menor o un obstáculo más soportable. Al contrario: un aburrimiento infinito me acechaba en muchas de mis sentadas, como empecé entonces a llamarlas. Me atormentaba quedar atrapado en alguna idea obsesiva, que no acertaba a erradicar; o en algún recuerdo desagradable, que persistía en presentarse precisamente durante la meditación. Yo respiraba armónicamente, pero mi mente era bombardeada con algún deseo incumplido, con la culpa ante alguno de mis múltiples fallos o con mis recurrentes miedos, que solían presentarse cada vez con nuevos disfraces. De todo esto huía yo con bastante torpeza: acortando los períodos de meditación, por ejemplo, o rascándome compulsivamente el cuello o la nariz -donde con frecuencia se concentraba un irritante picor-; también imaginando escenas que podrían haber sucedido -pues soy muy fantasioso-, componiendo frases para textos futuros -dado que soy escritor-, elaborando listas de tareas pendientes; recordando episodios de la jornada; ensoñando el día de mañana... ¿Debo continuar? Comprobé que quedarse en silencio con uno mismo es mucho más difícil de lo que, antes de intentarlo, había sospechado. No tardé en extraer de aquí una nueva conclusión: para mí resultaba casi insoportable estar conmigo mismo, motivo por el que escapaba permanentemente de mí. Este dictamen me llevó a la certeza de que, por amplios y rigurosos que hubieran sido los análisis que yo había hecho de mi conciencia durante mi década de formación universitaria, esa conciencia mía seguía siendo, después de todo, un territorio poco frecuentado.
 
La sensación era la de quien revuelve en el lodo. Tenía que pasar algún tiempo hasta que el barro se fuera posando y el agua empezase a estar más clara. Pero soy voluntarioso, como ya he dicho y, con el paso de los meses, supe que cuando el agua se aclara, empieza a poblarse de plantas y peces. Supe también, con más tiempo y determinación aún, que esa flora y fauna interiores se enriquecen cuanto más se observan. Y ahora, cuando escribo este testimonio, estoy maravillado de cómo podía haber tanto fango donde ahora descubro una vida tan variada y exuberante.
 
Fuente: Pablo d'Ors, Biografía del silencio. Siruela, Madrid 2017, p. 13-15.
 
 

domingo, 16 de diciembre de 2018

SILENCIO

Hace poco tiempo que estoy iniciándome en eso de “hacer silencio” por medio de la meditación. Durante mucho tiempo he creído (como sospecho que lo han hecho muchos otros igual que yo) que eso de la hacer silencio consistía en dejar la mente vacía, sin pensamiento alguno. ¡Nada más lejos de la realidad!
 
En el brevísimo espacio de tiempo que llevo explorando eso de la meditación, he aprendido una lección bastante valiosa: el silencio es aquel estado en el cual soy capaz de oír aquellos sonidos (externos, pero también internos) que, en un ambiente más ruidoso, he sido incapaz de percibir antes. Un amigo mío, que es invidente, tiene una imagen del silencio muy sugerente. Cuando entra en un ambiente silencioso sus oídos captan un molesto pitido, eso que los expertos conocen como “acufenos”. Me parece (insisto) una imagen muy interesante, ya que los acufenos (que están siempre presentes) se perciben con mayor fuerza cuanto menos ruido ambiental tenemos entorno nuestro. Lo que sucede es algo muy simple: el ruido ambiente oculta aquellos ruidos interiores.
 
De una forma análoga, el silencio interior no sería simplemente un estado, sino más bien un medio para poder escuchar mejor aquello que no solemos escuchar habitualmente. Así, cuanta más calidad tenga nuestro silencio interior, mayor será la capacidad para distinguir lo que bulle en mí interior (e incluso lo que bulle en el interior de los otros).
 
 
Una historia cuenta:
 
Un discípulo, antes de ser reconocido como tal por su maestro, fue enviado a la montaña para aprender a escuchar la naturaleza. Al cabo de un de un tiempo, volvió para dar cuenta al maestro de lo que había percibido.
- He oído el piar de los pájaros, el aullido del perro, el ruido del trueno…
- No, le dijo el maestro, vuelve otra vez a la montaña. Aún no estás preparado. Por segunda vez dio cuenta al maestro de lo que había percibido.
- He oído el rumor de las hojas al ser mecidas por el viento, el cantar del agua en el río, el lamento de una cría sola en el nido…
- No, le dijo de nuevo el maestro, aún no. Vuelve de nuevo a la naturaleza y escúchala. Por fin, un día…
- He oído el bullir de la vida que irradiaba del sol, el quejido de las hojas al ser holladas, el latido de la savia que ascendía por el tallo, el temblor de los pétalos al abrirse acariciados por la luz…
- Ahora sí. Ven, porque has escuchado lo que no se oye.
 
Hace poco, releyendo el libro “Sadhana”, del jesuita Anthony de Mello, encontré estas palabras con las que comienza el primer capítulo:
 
«El silencio es la gran revelación», dijo Lao-tse. Estamos acostumbrados a considerar la Escritura como la revelación de Dios. Y así es. Con todo, quisiera que, en este momento, descubrierais la revelación que aporta el silencio. Para recibir la revelación de la Escritura tenéis que aproximaros a ella; para captar la revelación del Silencio, debéis primero lograr silencio. Y ésta no es tarea sencilla.
 
Tony de Mello proponía un sencillo ejercicio: busque una postura cómoda, cierre los ojos y guarde silencio durante diez minutos, intentando que dicho silencio sea el silencio más total, tanto de corazón como de mente. Este silencio, una vez conseguido, nos abrirá a la revelación que trae consigo. Al llegar al final de esos diez minutos, si nos detenemos a reflexionar sobre lo que hemos hecho y experimentado en este tiempo, unos descubriremos que somos incapaces de acallar ni tan siquiera un instante el incesante flujo de pensamientos y emociones en nuestra mente. Otros sentirán pánico de ese silencio porque no les gusta enfrentarse a lo que se encuentran.
 
Tras hacer este ejercicio, mi experiencia personal podría catalogarse como “desalentadora”. Soy de los que son incapaces de contener totalmente su mente. No dejan de irrumpirme pensamientos, planes para el día de hoy, cosas que no debo olvidar hacer mañana, imágenes de mi pasado o cualquier tipo de estúpida preocupación (interesante palabra, “pre-ocupación”, que hace referencia a esa extraña capacidad mental de ocuparse de los problemas antes de que estos puedan presentarse en nuestras vidas).
 
Por esa razón, he terminado aceptando que el “silencio” es otra cosa y, visto de esa manera, es más revelador. El jesuita da una palabra de aliento:
 
…no existe motivo para desanimarse. Incluso esos pensamientos alocados pueden ser una revelación. ¿No es una revelación sobre ti mismo el hecho de que tu mente divague? Pero no basta con saberlo. Debes detenerte y experimentar ese vagabundeo. El tipo de dispersión en que tu mente se sumerge, ¿no es acaso revelador?
En este proceso hay algo que puede animarte: el hecho de que hayas podido ser consciente de tu dispersión mental, tu agitación interior o tu incapacidad de lograr silencio, demuestra que tienes dentro de ti al menos un pequeño grado de silencio, el grado de silencio suficiente para caer en la cuenta de todo esto.
 
Pues sí, Tony de Mello tenía razón. En efecto, todo lo que acude a mi mente cuando intento hacer silencio ¡resulta una gran revelación! Y no se trata de la revelación de algo sensacional, no es ninguna luz sobrenatural, ni tampoco se siente una inspiración divina. Se trata de la simple observación de lo que acaece.
 
Fuentes: José Carlos Bermejo, Regálame la salud de un cuento. Sal Terrae, Santander, 2004. También: Antonio de Mello, Sadhana, un camino de oración. Sal Terrae, Santander, 1990.
 

sábado, 24 de noviembre de 2018

CONSIDERACIÓN

Al hilo de las últimas publicaciones de este blog, me viene a la mente un inconveniente (el más lógico, por supuesto). En la actividad frenética en la que me veo envuelto una y otra vez, un día detrás de otro, es complicado ser capaz de detenerme a escuchar “lo que soy”. ¿Cuántas veces me permito descansar de preocupaciones? Siempre me obligo a ser fuerte, a rendir más y mejor, a ser más eficiente. Y cuando tengo un poco de tiempo libre, siempre acabo enredado por otras “prioridades”: las tareas domésticas, las obligaciones familiares, mi formación con cursos de actualización, mis espacios para el ocio, para el deporte o para el sueño reparador de fuerzas. Parezco un niño con una agenda repleta de actividades extraescolares. ¿Dónde dejo espacio a las necesidades de mi interior?
 
En la tradición cristiana hay textos que debieran considerarse “preceptivos”, en especial por lo saludables de pueden resultar. Nunca comprenderé como en la tradición religiosa en la que he crecido no se haya tenido en cuenta algo tan elemental: saber detenerse y contemplar el interior, ese lugar donde brotan las ilusiones y esperanzas, los odios, las culpas, los miedos..., quizá porque era más importante ser voceros de Dios para construir su Reino, para juzgar a los impíos o para erradicar el error desde el anatema.
 
A mi memoria acuden ahora fragmentos del Evangelio en los que se presenta a un Jesús que se retiraba a lugares sin gentes ni ruidos para poder orar: “Pero él se apartaba a lugares desiertos, y oraba…” (Lc 5, 16; Mc 6, 46); también frases de un Jesús que hablaba de la intimidad: “… porque el Reino de Dios está dentro de vosotros” (según algunas traducciones de Lc 17, 21). Tengo en el recuerdo la imagen de una iglesia de Madrid en cuyo frontis, justo encima de la entrada al templo, figura esas palabras de Mt 11, 28-30: “Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré…”.
 
Si alguien conoce la Biblia mejor que yo, podrá citar más textos que hablen de esta conducta tan saludable, pero tan poco practicada por muchos de los creyentes que conozco: detenerse, sosegarse, mirar adentro, tolerarse y aprender a perdonarse… para ser capaces de cambiar la mirada.
 
Hoy me gustaría traer a este barco una de esas ricas (y saludables) mercaderías que habla precisamente del “mandamiento” de la tregua, el reposo y la vacación: ese momento para respirar en profundidad y escuchar los propios adentros. Se trata de un fragmento del primer capítulo del tratado de las Consideraciones de san Bernardo de Claraval. Este padre de la orden cisterciense escribió estas líneas al entonces Papa Eugenio III, antiguo monje del monasterio de Claraval y discípulo del propio Bernardo.
 
En un lenguaje que brota de la confianza que un maestro puede tener con su pupilo o el de un padre con su hijo, San Bernardo mezcla en este tratado dirigido al pontífice romano afecto y firmeza (a veces dureza). Sin embargo, hoy quiero subir a este navío un fragmento perteneciente al primer capítulo de este tratado: una invitación a la consideración de uno mismo.
 
 
¿Por dónde comenzaría yo? Me decido a hacerlo por tus ocupaciones, pues son ellas las que más me mueven a condolerme contigo. Digo condolerme, en el caso de que a ti también te duelan. Si no es así, te diría que me apenan; pues no puede hablarse de condolencia cuando el otro no siente el mismo dolor. Por tanto, si te duelen me conduelo; y si no, siento aún mayor pena, porque un miembro insensibilizado difícilmente podrá recuperarse; no hay enfermedad tan peligrosa como la de no sentirse enfermo. Pero a mí ni se me ocurre pensar eso de ti.
 
Sé con qué gusto saboreabas hasta hace muy poco las delicias de tu dulce soledad. No puedes prescindir tan pronto de ellas. Es imposible que ya no lamentes su pérdida tan reciente. Una herida aún fresca duele muchísimo. Y no es posible que se haya encallecido la tuya tan pronto, ni te creo capaz de haberte insensibilizado en tan poco tiempo…
 
No te fíes demasiado del disgusto que ahora sientes. Nada hay tan arraigado en el ánimo que no pierda su fuerza con la negligencia y el paso del tiempo. La callosidad termina encubriendo una herida vieja ya olvidada; por eso se hace más difícil de curar cuanto menos duele… ¿Hay algo que no consiga cambiar la fuerza de la costumbre? La rutina nos relaja. Nada resiste la repetición asidua. Cuántos, debido a la inercia del hábito, han conseguido encontrar agradable lo que antes aborrecían por resultarles amargo.
 
En una palabra: es lo que siempre me temí de ti y lo temo ahora: que por haber diferido el remedio, al no poder soportar más el dolor, llegues desesperado, a abandonarte al peligro de forma irremediable. Tengo miedo, te lo confieso, de que en medio de tus ocupaciones, que son tantas, por no poder esperar que lleguen nunca a su fin, acabes por endurecerte tú mismo y lentamente pierdas la sensibilidad de un dolor tan justificado y saludable.
 
Sustráete de las ocupaciones al menos algún tiempo. Cualquier cosa menos permitirles que te arrastren y te lleven a donde tú no quieras. ¿Quieres saber a dónde? A la dureza del corazón. Si no te has estremecido ya, es que tu corazón ha llegado a ella. Corazón duro es simplemente aquel que no se espanta de sí mismo, porque ni lo advierte. No me hagas más preguntas. Ningún corazón duro llegó jamás a salvarse, a no ser que Dios, en su misericordia, lo convierta en un corazón de carne. ¿Cuándo es duro el corazón? Cuando no se rompe por la compunción, ni se ablanda con la compasión ni se conmueve en la oración… Es de corazón duro el hombre que del pasado sólo recuerda las injurias que le hicieron… En una palabra: es de corazón duro el que ni teme a Dios ni respeta al hombre.
 
Hasta este extremo pueden llevarte esas malditas ocupaciones si, tal como empezaste, siguen absorbiéndote por entero sin reservarte nada para ti mismo. Pierdes el tiempo; te diría que te agotas en un trabajo insensato con unas ocupaciones que no son sino tormento del espíritu, enervamiento del alma y pérdida de la gracia. El fruto de tantos afanes, ¿no se reducirá a puras telas de araña?...
 
¿Qué puedo hacer?, me dices. Abstenerte de esas ocupaciones. Acaso me responderás: Imposible; más fácil me resultaría renunciar a la Sede Apostólica. Precisamente eso sería lo más acertado si yo te exhortara a romper con ellas y no a interrumpirlas.
 
Escucha mi reprensión y mis consejos. Si toda tu vida y todo tu saber lo dedicas a las actividades y no reservas nada para la meditación ¿podría felicitarte? Creo que no podrá hacerlo nadie que haya escuchado lo que dice Salomón: “el que modera su actividad se hará sabio”. Porque incluso las mismas ocupaciones saldrán ganando si van acompañadas de un tiempo dedicado a la meditación. Si tienes ilusión de ser todo para todos, imitando al que se hizo Todo para todos, alabo tu bondad, a condición de que sea plena. Pero ¿cómo puede ser plena esa bondad si te excluyes a ti mismo de ella? Tú también eres un ser humano. Luego para que sea total y plena tu bondad, su seno, que abarca a todos los hombres, debe acogerte también a ti. Ya que todos te poseen, sé tú mismo uno de los que disponen de ti.
 
¿Por qué has de ser el único en no beneficiarte de tu propio oficio? ¿Cuándo, por fin, vas a darte audiencia a ti mismo entre tantos a quienes acoges? Te debes a sabios y a necios, ¿y te rechazas sólo a ti mismo? El temerario y el sabio, el esclavo y el libre, el rico y el pobre, el hombre y la mujer, el anciano y el joven, el clérigo y el laico, el justo y el impío, todos disponen de ti por igual, todos beben en tu corazón como en una fuente pública, ¿y te quedas tú solo con sed? Si es maldito el que dilapida su herencia ¿qué será del que se queda sin él mismo?
 
En definitiva, el que es cruel consigo mismo, ¿para quién es bueno? No te digo que siempre, ni te digo que a menudo, pero alguna vez, al menos, vuélvete hacia ti mismo. Aunque sea como a los demás, o siquiera después de los demás, sírvete a ti mismo.
 
 

lunes, 5 de marzo de 2018

TEMOR DE DIOS

Esta expresión de “temor de Dios” es la que más me ha costado entender desde siempre. Una primera interpretación, quizá la más “natural”, es la que entiende dicho temor como el miedo a la ira o al castigo divino cuando se infringe algún mandamiento de su ley, o cuando se hace algo en contra de su voluntad. Este primer significado hablaría de un Dios justiciero, que castiga los pecados e infidelidades del hombre. Hablamos de un Dios amenazador al que algunos no les importará seguir. A mí me cuesta hacerlo.
 
Para dulcificar este primer sentido, hace tiempo que vengo escuchando a algunos hablar del temor no a la condena o al correctivo, sino a defraudar a quién nos ama y a quién decimos amar. Al final, el miedo sigue siendo el motor de la fe.
 
En cualquier caso, ¿no estamos ante un Dios con sentimientos demasiado “humanos” (celoso, con sentido de la apropiación, capaz de resentimiento) en relación con un ser humano temeroso de decepcionarle? La imagen de un Dios que reprocha, que echa en cara nuestra falta de amor hacia él, hace comprensible ese viejo aforismo ateo: no fue Dios quien creó al hombre a su imagen y semejanza, sino al revés, somos nosotros los que fabricamos imágenes de Dios demasiado “humanizadas”. No niego la necesidad de acudir a la analogía para poder hablar de Dios, pero en ocasiones nuestras propias palabras se convierten en una trampa.
 
No hace mucho tiempo, escuché a un sacerdote hablar de ese “temor de Dios” de una forma diferente a los dos últimos significados. El “temor” no hablaría del miedo sino del asombro, de la capacidad de sobrecogimiento. Esta forma de entender el “temor” habla de una vivencia común a todos los seres humanos, algo que está en la raíz de toda experiencia religiosa. Explicaré esta idea a través de la siguiente foto.
 
 
Esta fotografía (el campo ultraprofundo de Hubble) fue captada por el telescopio espacial Hubble, en órbita alrededor de la Tierra. Desde este telescopio se divisó un fragmento de cielo durante casi un millón de segundos, alrededor de once días, consiguiendo esta imagen increíblemente profunda del universo, donde se pueden ver objetos muy lejanos y apenas visibles. En los planos más cercanos de la fotografía pueden apreciarse algunas estrellas de nuestra propia Vía Láctea. Sin embargo, lo verdaderamente fascinante de esta imagen es que, más allá de estas estrellas en primer plano, lo que se aprecian son galaxias. De hecho, algunas de las galaxias más lejanas nunca vistas hasta la fecha son de esta imagen y están a trece mil millones de años luz de distancia.
 
Se estima que en esta fotografía aparecen 10.000 galaxias y cada una contiene miles de millones de estrellas, cada una tan grande como el Sol. Estamos pues ante una imagen de un universo increíblemente grande que nos hace descubrir lo extremadamente pequeños que somos los seres humanos.
 
Frente a semejante fotografía yo sólo soy capaz de sentir sobrecogimiento y fascinación. Damos demasiada importancia a nuestros pequeños “universos”, aquellos en los que habitualmente nos movemos, sin ser conscientes de lo minúsculos y frágiles que somos en comparación con esta inmensidad.
 
Este asombro es una de las expresiones de lo espiritual en el hombre. De hecho podría considerarse como la base de la experiencia espiritual. El animal observa, mira, pero no se admira de la realidad. Esto es lo que nos caracteriza como verdaderamente humanos. Según Francesc Torralba (F. Torralba, Inteligencia Espiritual, Plataforma Editorial, Barcelona, 2010), sin esta capacidad de maravillarse, de admirarse ante la realidad, el hombre nunca hubiera filosofado, ya que todo le parecería obvio y evidente. Esta misma fascinación es igualmente la madre de las ciencias naturales, ya que la admiración frente a los procesos de la naturaleza es lo que genera el deseo de explicarlos, de dar razón de ellos. Este deseo está en la raíz del desarrollo científico. De esta admiración surge también la sorpresa de vivir, ya que el ser humano toma conciencia de que existe pudiendo no existir, de que es un ser contingente. El hombre reconoce de esta forma su carácter efímero, relativo e insignificante, percibiéndose como una minúscula (casi ridícula) partícula del Todo.
 
Yo no sé usted, pero después de contemplar esta fotografía, me quedo con el último significado del “temor de Dios”: ese asombro, esa fascinación, ese sobrecogimiento frente a lo que es inmensamente mayor, frente a lo totalmente Otro, frente al misterio “tremendum et fascinans” del que hablaba Rudolf Otto. Y cualquier palabra que proceda de los labios del ser humano para describirlo siempre se quedará demasiado corta.

miércoles, 24 de enero de 2018

RESPETAR LA APARIENCIA O LA REALIDAD

El autoengaño es una práctica muy frecuente entre los seres humanos. Creer que todo está bien cuando realmente no lo está o que un ser amado pueda llegar a cambiar algún día, pretender llegar hasta donde no podemos llegar, no reconocer las propias emociones ni ser honestos con nosotros mismos, entre otras muchas, pueden ser formas de mentirnos. Lo único que pretende esto del autoengaño es evitarnos el esfuerzo de vivir o pensar distinto y permite resistir tanto al cambio como a la simple realidad.
 
De esto trata, más o menos, el texto que quiero traer a este espacio. Es una de las cartas que Henry Thoreau dirigió a su amigo Harrison Blake en abril del año 1850. Dice así…
 
 
¿Cuándo comenzaron los hombres a respetar las apariencias y no la realidad? ¿Por qué deberían aparecer las apariencias? ¿Sabemos bien, entonces, qué es la realidad? No hay nadie que no se engañe cada hora en el respeto que concede a las falsas apariencias. Qué maravilloso sería tratar a las personas y las cosas según lo que son en realidad, ¡aunque sólo fuera durante una hora! Nos asombramos de que el pecador no confiese sus pecados. Cuando nos sentimos fatigados en un viaje, soltamos nuestra carga y descansamos junto al camino. De la misma forma, cuando nos cansa el fardo de la vida, ¿por qué no abandonamos esta carga de falsedades que hemos aceptado portar voluntariamente y nos reponemos, como nunca hizo mortal alguno? Dejemos que se impongan las más bellas leyes. No nos cansemos resistiéndonos a ellas. Cuando queremos descansar nuestros cuerpos, dejamos de mantenerlos: descansamos en el regazo de la Tierra. Del mismo modo, cuando queremos que descansen nuestros espíritus, debemos recostarnos en el Gran Espíritu. Dejemos que las cosas marchen a su ritmo; dejemos que crezcan hasta donde puedan; que remonten o caigan. Conseguir dejar aunque sólo sea una cosa a su aire en una mañana de invierno, así se trate de una pobre manzana congelada-descongelada, que pende de un árbol, ¡qué glorioso logro! Es algo que ilumina este universo oscuro. ¡Qué infinita riqueza hemos descubierto! Dios gobierna cuando nosotros asumimos una visión respetuosa y abierta, es decir, cuando se nos presenta una visión respetuosa y abierta.
 
 
Dejemos tranquilo a Dios, si es necesario. Creo que si lo amara más, debería mantenerlo -o mejor, debería mantenerme yo- a una distancia más apropiada. No es cuando me acerco a Él, sino cuando me doy la vuelta y lo dejo solo, cuando descubro que Dios es. Digo Dios. Aunque no estoy seguro de que sea ése el nombre. Ya sabrá a quién me refiero.
 
Si por un instante conseguimos apartar nuestro insignificante yo, no desear ningún mal, no temer ningún mal, comportándonos sólo como el cristal que refleja un rayo, ¡qué no seremos capaces de reflejar! ¡Qué gran universo aparecerá cristalizado y radiante a nuestro alrededor!
 
(…)
 
¿Optará por vivir o por ser embalsamado? ¿Elegirá vivir, aunque sea a horcajadas de un rayo de sol, o yacerá tranquilo en las catacumbas durante miles de años? En este último caso, lo peor que puede ocurrir es que se parta el cuello. ¿Partiría su corazón, su alma, para salvar el cuello? Los cuellos y los tallos están hechos para romperse. Los hombres hacen mucho ruido sobre la locura que supone exigirle demasiado a la vida (¿o a la eternidad?), e intentar vivir según tales expectativas. Mucho ruido y pocas nueces. Ningún daño provino nunca de ahí. No temo exagerar el valor y el significado de la vida, sino más bien no estar a la altura de la ocasión que la vida representa. Sentiría tener que recordar que yo estuve allí, pero que no advertí nada reseñable; como un príncipe disfrazado de rana; o que ha vivido la época dorada como un jornalero; que incluso visitó el Olimpo, pero se quedó dormido después de cenar y no pudo escuchar las conversaciones de los dioses. Viví en Judea hace mil ochocientos años, ¡pero nunca supe que había alguien como Cristo entre mis contemporáneos!
 
Henry David Thoreau, Cartas a un buscador de sí mismo.
Errata naturae, Madrid 2013, pp. 33-35.
 
 


domingo, 22 de mayo de 2016

HACIA UNA RELIGIOSIDAD PERSONAL

En este último año no he dejado de darle vueltas a la misma idea en mi cabeza: ¿dónde se puede encontrar la verdad? ¿Existe una religión que pueda considerarse verdadera? ¿En qué consiste dicha verdad? Yo me declaro creyente de confesión cristiana católica, aunque reconozco en mí ciertos tintes de escepticismo. A veces evito sacar a la luz todas estas cuestiones por temor a provocar que algunos culos se remuevan en sus asientos.
 
La Iglesia a la que pertenezco se siente segura en sus dogmas y sus doctrinas. No obstante, no dejo de preguntarme hasta qué punto Dios puede ser explicado exclusivamente a través de estas y no de otras creencias. ¿El Dios único es aquel en el que mi grupo cree?
 
Leyendo a Viktor Frankl, encontré hace unos días estas líneas que siguen a continuación y con las que no puedo estar más de acuerdo. Dicen lo siguiente…
 
 
Claro está que este concepto nuestro de la religión tiene muy poco que ver con estrechas miras confesionales y lo que estas implican, es decir, con esa miopía religiosa que al parecer ve en Dios a un ser para el que en el fondo sólo cuenta una cosa: que el mayor número posible de hombres crea en él, y ello además en la manera prescrita por una determinada confesión religiosa. Sencillamente no puedo imaginarme a un Dios tan mezquino. Tampoco puedo imaginarme que tenga sentido el que una Iglesia me exija creer, ya que yo no puedo querer creer, lo mismo que no me es posible querer amar, o sea obligarme a mí mismo a amar, y tampoco puede obligarme a tener esperanza, por ejemplo cuando lo que sé me persuade en sentido contrario. En una palabra hay cosas que no pueden «quererse» sin más y que, por lo tanto, no pueden condicionarse a una exigencia o una orden. Por citar un ejemplo sencillo: yo no puedo reírme porque me lo manden. Si alguien quiere que yo ría, ha de tratar de conseguirlo contándome un chiste.
 
 
De manera análoga sucede con el amor y la fe: no pueden ser manipulados. Como fenómenos intencionales que son, se producen cuando surge ante ellos un contenido y objeto adecuado.
 
En cierta ocasión fui entrevistado por una reportera de la revista norteamericana «Time». Me preguntó si nuestra tendencia natural nos aparta de la religión. Yo le respondí que nuestra tendencia no nos aparta de la religión, y sí en cambio de aquellas confesiones que no parecen tener otra cosa que hacer sino luchar entre ellas logrando así que sus propios fieles acaben por abandonarlas. Siguió preguntándome la periodista si acaso esto significaba que tarde o temprano iríamos todos a parar a una religión universal, cosa que yo negué: al contrario, dije, más bien vamos hacia una religiosidad personal, es decir, profundamente personalizada, una religiosidad a partir de la cual cada uno encontrará su lenguaje propio, personal, el más afín a su naturaleza íntima, cuando se torne a Dios.
 
Ni mucho menos quiere esto decir, por supuesto, que no han de existir rituales y símbolos comunes. También existe un gran número de idiomas; sin embargo ¿no utilizan muchos de ellos un alfabeto común? De alguna manera las diferentes religiones se asemejan en su diversidad a las lenguas. Nadie puede decir que su lengua sea superior a las demás, en todas y cada una de ellas puede el hombre acercarse a la verdad, que es una; y en todas ellas puede también equivocarse e incluso mentir. Así también puede servir al hombre de vehículo cualquier religión para llegar a Dios, al único Dios.
 
Viktor Frankl, La presencia ignorada de Dios. Psicoterapia y religión,
Herder, Barcelona 2012, pp. 93-95.
 

domingo, 15 de mayo de 2016

¿SEGUIR LA VERDAD?

Textos como el que hoy publico es este espacio escandalizarían a muchas de las personas a las que conozco. Si quisiera resumir lo que en él se dice, usaría una frase de Paulo Coelho: “El día que sigues a alguien, dejas de seguir la verdad”.
 
No me cabe la menor de las dudas de que Krishnamurti es auténtica dinamita capaz de hacer saltar por los aires las más sólidas fortalezas. Es difícil que deje a nadie indiferente. Por mi parte, este pensador no termina de interpelarme y de poner en tela de juicio muchas de las “verdades” que siempre he creído incuestionables, sobre todo cuando son “mis verdades”.
 
 
No se puede descubrir la verdad a través de otra persona, ¿cómo puede ser eso posible? La verdad no es algo estático, no tiene una morada fija, un fin, una meta, sino todo lo contrario, es algo activo, dinámico, en movimiento, vital, ¿cómo puede ser un fin? Si la verdad fuera un punto fijo, dejaría de ser verdad, sería una simple opinión. La verdad es lo desconocido, y si la mente busca la verdad, nunca la encontrará porque la base de la mente es lo conocido, es el resultado del pasado, del tiempo; cada uno puede observar eso por sí mismo. La mente es el instrumento de lo conocido; por tanto, no puede encontrar lo desconocido, lo único que puede hacer es moverse de lo conocido a lo conocido. Cuando la mente busca la verdad, la verdad que lee en los libros, esa "verdad" es una proyección de uno mismo, porque entonces la mente simplemente persigue lo conocido, algo conocido más satisfactorio que lo anterior; cuando la mente "busca” la verdad está buscando su propia proyección, no la verdad.
 
Después de todo, un ideal es una proyección de uno mismo, es algo ficticio e irreal; lo real es "lo que es", no lo opuesto. La mente que busca la realidad, que busca a Dios, está buscando algo conocido: cuando pienso en Dios. Ese Dios es una proyección del propio pensamiento, es el resultado de las influencias sociales, por eso sólo es posible pensar en lo conocido, no se puede pensar en lo desconocido, no se puede acaparar la verdad. En el momento en que pienso en lo desconocido, eso desconocido es una simple proyección de lo conocido, porque Dios o la verdad no pertenecen al pensamiento; si pienso en Dios o la verdad, eso no es la verdad. La verdad no puede buscarse. Ella llega a uno; lo único que se puede hacer es ir en pos de lo conocido. Cuando la mente no está atormentada por lo conocido o por las consecuencias de lo conocido, tan sólo entonces la verdad puede manifestarse la verdad está en cada hoja, en cada lágrima, debe captarse de instante en instante, nadie puede conducirnos a la verdad y si alguien lo intenta, únicamente nos llevará a lo conocido.
 
La verdad sólo se manifiesta cuando la mente está vacía de lo conocido, llega en ese estado en el cual no está lo conocido, cuando no actúa. La mente es el almacén de lo conocido, el residuo de lo conocido; y para que la mente entre en ese estado donde lo desconocido se manifiesta, debe darse cuenta de sí misma, de sus experiencias anteriores, tanto conscientes, como inconscientes, de sus respuestas, reacciones y estructura. Cuando se conoce por completo a sí misma, entonces termina lo conocido y la mente queda vacía de todo lo conocido, tan sólo en ese momento la verdad puede manifestarse en uno sin ser invitada. La verdad no nos pertenece, ni a usted ni a mí, no es posible adorarla porque en el momento en que es algo conocido deja de ser real, un símbolo no es real, una imagen no es real; sin embargo, cuando uno se comprende a sí mismo el "yo" termina, y entonces lo eterno se manifiesta.
 
Fuente: Jiddu Krishnamurti, La libertad primera y última,
Kairós Buenos Aires 2006, p. 173.
 

domingo, 24 de abril de 2016

POTENCIAL

En la actualidad estoy intentando desarrollar un proyecto y para ello debo documentarme. Hace un par de semanas calló en mis manos el texto de Viktor Frankl que sigue a continuación. Leer cosas como esta me hace recuperar la fe en el potencial del ser humano, de todo ser humano. El concepto “plasticidad cerebral” ha resultado un gran descubrimiento para mí. Nunca estamos del todo acabados, nunca estamos del todo finalizados, siempre hay algo de “incompletitud”, de indeterminación, de incondicionamiento.
 
Biológicamente estamos programados para trascendernos.
 
 
Es importante aquí saber que los 14 mil millones de neuronas de la corteza cerebral de que dispone (según v. Economo) el hombre reciente (homo sapiens recens) no existían aún en los antrópidos (forma precoz del género Hombre), pero sí en los neandertálidos (forma primitiva de los homínidos) y, obviamente, en la forma antigua de éstos (el homo sapiens fossilis). Según esto, si el hombre neandertal poseía ya el mismo número de neuronas que nosotros, esto significó para él un verdadero lujo, ya que no las utilizó a fondo. Pero tampoco el hombre actual las utiliza plenamente. Esta afirmación es algo más que una mera hipótesis, pues Pötzl llegó a demostrarla empíricamente. Este investigador hizo notar que el cerebro de algunos paralíticos que obtuvieron una recuperación clínica mediante una malarioterapia, es decir, que volvieron a la plena capacidad de rendimiento, manifestaba a nivel histológico una notable pérdida celular (Sträussler y Koskinas). De esto se desprende, ni más ni menos, que los pacientes curados prácticamente mediante la malarioterapia (y que sólo sucumbían en algunas enfermedades intercurrentes), a pesar de esta pérdida celular, disponían de suficientes neuronas para afrontar sus necesidades prácticas. En otros términos: sabemos desde entonces que el hombre medio no utiliza tampoco hoy, toda la «dote» de células ganglionares que le prestó la «naturaleza», que no explota todo su «talento».
 
¿Cuáles son las consecuencias de todo esto? La primera se refiere al caso individual, al caso de enfermedad individual: en este caso se explica todo lo que hemos dicho antes sobre la posibilidad de la función vicaria, pues así podemos comprender por qué el hombre dispone, en ciertas lesiones de su aparato cerebral, de un notable margen de maniobra dentro del cual se pueden restablecer las funciones psiquico-espirituales. De este modo queda contestada la pregunta que formulamos al principio: de dónde «toma» el cerebro el «ejército de reserva» de neuronas con función variada: esas neuronas están «en paro» y en barbecho.
 
La segunda consecuencia de nuestra constatación anterior no se refiere a un caso individual, sino al caso general: al «género» hombre. Se sigue de nuestra constatación que la humanidad -hoy como en la época prehistórica del neandertal- cuenta con una posibilidad de progresar y desarrollarse.
 
La «hominización» es, pues, aún incompleta. En efecto, la última multiplicación brusca, a modo de mutación de las células ganglionares de la corteza cerebral, dio al género «hombre» una posibilidad inaudita; pero el uso de esta posibilidad depende del hombre. El hombre no ha rendido aún todo lo que puede. No se descubre aún el menor rastro del vaticinado «superhombre» (al menos desde la época de sus profetas): aún somos «interhombres».
 
Aquella mutación que «dotó», de repente a un homínido de 14 mil millones de neuronas, puede considerarse, pues, como el inicio de esta hominización incompletado, si ustedes lo prefieren, como el inicio del sexto día de la creación. Pero si el Génesis dice que el hombre fue formado en el sexto día de la creación y que Dios descansó en el séptimo día, podemos afirmar que Dios, en este séptimo día, puso las manos en su regazo y desde entonces toca al hombre la resposabilidad de lo que hace de sí mismo. Dios aguarda y mira cómo el hombre realiza creadoramente las posibilidades recibidas. Aún no están agotadas estas posibilidades. Aún aguarda Dios, aún descansa, aún es sábado: sábado permanente.
 
Fuente: Viktor Frankl, El hombre doliente. Fundamentos antropológicos de la psicoterapia. Ed. Herder, Barcelona, 2009, p. 122-123.
 
 

domingo, 17 de enero de 2016

DE LA CREENCIA A LA EXPERIENCIA

Esta tarde quiero compartir estas líneas del psicólogo y teólogo Enrique Martínez Lozano. No es un texto apto para conciencias religiosas “tradicionales”, ya que puede ser motivo de escándalo. Para los demás, son unas palabras que pueden estimular una nueva concepción de la espiritualidad más allá de las religiones y las creencias.

 
Ahora bien, “espiritualidad” no coincide con “religión”. Las religiones son los modos concretos en los que aquélla ha ido tomando forma históricamente. Podría decirse que las religiones -las formas religiosas- son construcciones histórica y socialmente condicionadas, en las que la espiritualidad ha tomado cuerpo en un momento determinado. Pero, al tomar cuerpo, se han producido paradojas: mientras la espiritualidad remite a liberación, amplitud, gozo, profundidad, unidad..., la religión histórica ha significado, de hecho , para muchas personas, sumisión, estrechez, miedo, ritualismo, división...
 
En una imagen ya clásica, para hablar de las relaciones entre religión y espiritualidad, se usa el símil del vaso y del vino. Así como el vino puede contenerse dentro de la forma de cualquier vaso sin confundirse con él, lo mismo ocurre con las religiones: son “formas” que tratan de contener dar cauce, expresar la dimensión espiritual de la realidad, tal como la va percibiendo el ser humano a lo largo de su evolución y en sus diversos momentos socioculturales. Es comprensible, por tanto, que las diferentes religiones sean deudoras del nivel de conciencia en que se encuentran los seres humanos, así como de sus circunstancias históricas más concretas.
 
 
El peligro de la religión radica en el hecho repetido de que olvida su condición de “forma” y tiende a absolutizarse; y este hecho de considerarse como mediadora del Absoluto la lleva, con frecuencia, a erigirse a sí misma como realidad absoluta, olvidando incluso la espiritualidad.
 
De la religión, nacida hace unos cinco mil años como “forma” que contiene la espiritualidad, pueden afirmarse estas características:
 
Su base común es la centralidad que ocupan las creencias y los gestores de las mismas (la institución religiosa). Esto explica tanto su jerarquización más o menos rígida como sus vinculaciones con el poder.
 
Es precisamente aquella centralidad la que fácilmente induce a la primera trampa religiosa: confundir la creencia con la verdad. Se toma como “la verdad” lo que formula su creencia. La consecuencia es clara: la creencia es vista, como la verdad, inalterable; y quien no acepta la creencia está en el error; el pluralismo auténtico -y la tolerancia real- son imposibles. En el origen de la confusión, se encuentra una idea determinada de lo que es revelación, según la cual, la creencia habría caído literalmente del cielo. Pero todo ello, que es válido e inevitable en un estadio de conciencia mítico, no deja ver algo que, desde nuestro nivel de conciencia, es elemental: que la verdad es inapresable. Los conceptos son indicadores o “mapas”, pero nunca el “territorio”; por ello, necesariamente dividen en lugar de unir.
 
Lo cierto es que aquella trampa inconsciente encierra: un riesgo grave: la intolerancia o el fanatismo y, en cualquier caso, la imposibilidad del diálogo religioso. De hecho, todas las religiones han sido exclusivistas. Si el cristianismo llegó a proclamar que “fuera de la Iglesia no hay salvación”, en el hinduismo se piensa que su dios “es el mismo que adoran los cristianos, los budistas y los musulmanes. Lo que sucede es que los creyentes de estas religiones no conocen el nombre del verdadero Dios, que es Krishna”. El judaísmo se atribuye la condición de ser el único “pueblo elegido”, mientras que el Corán afirma que el Islam es la única religión verdadera, completa, definitiva y universal, hasta el punto de que una tradición recoge esta afirmación del Profeta Mahoma: “Todo recién nacido nace musulmán por naturaleza; son sus padres los que lo convierten en judío o en cristiano”. Incluso en el mahayana se enseña que el budismo es el único camino aunque se presente de diferentes formas, porque todos los seres tienen en sí la naturaleza del Buda.
 
Por otro lado, el hecho de que sea la creencia inalterable la que ocupa el lugar central en la religión, hace que ésta se vea apresada en una paradoja de difícil solución. Nacida para dar forma a la espiritualidad -al anhelo humano de profundidad-, en la práctica, la religión recela y sospecha de la experiencia; puesto que el criterio básico es la creencia tomada en su literalidad, prefiere la formulación dogmática, con lo que, en no pocas ocasiones, es la propia creencia la que se absolutiza. La contradicción a la que se llega es reveladora: cuando no hay experiencia de Dios, la religión se pervierte; pero cuando la hay, se asusta.
 
Enrique Martínez Lozano, La botella en el océano. De la intolerancia religiosa a la liberación espiritual.
Desclée de Brouwer, Bilbao 2009, pp. 134-136.
 

domingo, 6 de diciembre de 2015

CREER O NO CREER

Actualmente estoy realizando un trabajo sobre acompañamiento espiritual a enfermos que no tienen creencias religiosas. Está tarea está transformando mi propia comprensión de lo que significa espiritualidad. Muchos piensan que es imposible hablar de espiritualidad sin hacer referencia a las creencias y a las confesiones religiosas. No obstante, cada día es mayor mi convencimiento de que Dios, el Misterio, lo Absoluto, lo Totalmente Otro, no tiene mucho que ver con todos nuestros sistemas de doctrinas que, a fin de cuentas, no son sino intentos (muy humanos y, por tanto, limitados) de comprender lo incomprensible, de abarcar lo inabarcable, de objetivar lo que no es cosificable.
 
Esta tarde quiero compartir un pequeño fragmento de Kishnamurti que habla de la necesidad de las creencias (¡ojo, no habla sólo de creencias religiosas!) y del obstáculo que suponen para dar el primer paso de todo camino espiritual: el conocimiento de lo que cada uno es.
 

Si lo examinan, verán que el miedo es una de las causas del deseo de aceptar la creencia, es decir, si no creyésemos en nada, ¿qué sucedería, no nos sentiríamos muy temerosos de lo que pudiera sucedernos? Si actuáramos sin ningún patrón de creencia, ya sea Dios, el comunismo, el socialismo, el imperialismo, un sistema religioso o cualquier dogma que nos condicione, nos sentiríamos totalmente perdidos, ¿verdad? ¿Acaso la aceptación de la creencia no sirve para encubrir nuestro miedo, el miedo de no ser nada realmente, de estar vacío? En última instancia, una taza sólo es útil si está vacía, y una mente llena de creencias, de dogmas, de conclusiones y de citas, no es creativa, es simplemente una mente que repite.
 
Escapar del miedo, del miedo al vacío, a la soledad, el deterioro, a no prosperar, a no triunfar a no ser algo o alguien, sin duda, es una de las causas de nuestra aceptación de las creencias con tanto entusiasmo y avidez; ahora bien, si aceptamos una creencia, ¿es posible comprenderse a sí mismo? Todo lo contrario, es evidente que una creencia, sea política o religiosa, impide el conocimiento propio, actúa como una pantalla a través de la cual nos observamos; por tanto, ¿es posible observarse a sí mismo sin creencias? Si eliminamos esas creencias, todas nuestras creencias, ¿queda algo que observar? Si la mente no se identifica con ninguna creencia, entonces es capaz de observarse a sí misma tal cual es, y, sin duda, ese es el inicio de la comprensión de uno mismo.
 
Fuente: Jiddu Krishnamurti, La libertad primera y última,
Kairós, Buenos Aires 2006, p. 64.

domingo, 12 de julio de 2015

UN SÍ VICTORIOSO

Esta semana quisiera terminar con esta serie de publicaciones dedicada al libro “El hombre en busca de sentido”, del que he querido compartir algunas páginas en este blog.
 
¿Qué puede hacer que un hombre dé un rotundo sí a la vida, incluso cuando no queda esperanza aparente? Frankl comparte esta experiencia:
 
 
En otra ocasión estábamos cavando una zanja. El amanecer sembraba una luz grisácea. Gris el cielo y gris la nieve, bañada por la luz del alba; grises los harapos que malamente cubrían los cuerpos de los prisioneros y también grises sus rostros. Mientras trabajaba, mi imaginación se escapó otra vez a conversar quedamente con mi esposa, o tal vez, intentaba escudriñar la razón de mis sufrimientos, de aquella lenta agonía. En una última y violenta protesta contra lo inexorable de una muerte inminente, sentí como si mi espíritu rasgara mi tristeza interior y se elevara por encima de aquel mundo desesperado, insensato, y por algún lugar escuché un victorioso «sí» en respuesta a mi pregunta sobre si la vida escondía en último término algún sentido. En aquel mismo momento encendieron una luz en una granja lejana, una luz que se recortaba sobre el horizonte como una pincelada de color frente al gris miserable de aquel amanecer en Baviera. «Et lux in tenebris lucet». Y la luz brilla en medio de la oscuridad.
 
 
 
Estuve muchas horas despedazando la tierra helada. El guardia pasaba junto a mí y me insultaba, pero yo continuaba charlando con mi amada. La presentía a mi lado, conmigo, cada vez con más intensidad. Sentía que casi podía tocarla, que si extendía mi mano cogería la suya. Fue una sensación terriblemente viva: ella estaba allí realmente. En ese mismo instante un pájaro alzó un breve vuelo y se posó frente a mí, sobre el montón de tierra que había extraído de la zanja, y se me quedó mirando fijamente.
 
Fuente: Viktor Frankl, El hombre en busca de sentido.
Ed. Herder, Barcelona, 2004, p. 68
 

domingo, 5 de julio de 2015

¿BELLEZA EN MEDIO DEL DOLOR?

La semana pasada publiqué un fragmento del libro de Frankl “El hombre en busca de sentido”. El libro plantea una cuestión que nunca nos atrevemos a formular: ¿cómo en medio del sufrimiento más extremo puede un hombre salir adelante?; ¿cómo aceptar, en medio del horror de un campo de concentración, que la vida sea digna de ser vivida?
 
Hoy quiero proseguir con estas líneas del libro del psiquiatra austríaco.
 
 
Esta intensificación de la vida interior defendía al prisionero contra el vacío, la desolación y la pobreza espiritual de su existencia actual, al tiempo que le permitía evadirse devolviéndole a su vida pasada. Al dar rienda suelta a su imaginación, ésta se recreaba en algunos sucesos del pasado, casi nunca en los más llamativos o notorios. Por el contrario, se entretenía con ternura en los pequeños sucesos cotidianos y en las cosas insignificantes. La nostalgia los transfiguraba y los recuerdos adquirían un matiz especial. El mundo que los acogió y su propia existencia parecían muy distantes y, sin embargo, el alma corría hacia ellos llena de añoranza: yo me veía en la parada del autobús, al cerrar la puerta de mi apartamento, contestando al teléfono, encendía las luces… Con frecuencia nuestros recuerdos volaban hacia esos pequeños detalles hogareños con tanta intensidad que casi nos hacían llorar.
 

A medida que la vida interior de los prisioneros se hacía más honda, apreciábamos la belleza del arte y la naturaleza, quizá por primera vez, o con una emoción desconocida. Bajo la viveza de esas experiencias estéticas conseguíamos incluso olvidarnos de las terribles circunstancias de nuestro entorno. Si alguien hubiese visto nuestros rostros radiantes de encanto durante el viaje que nos trasladaba de Auschwitz a un campo de Baviera, cuando contemplábamos las montañas de Salzburgo, con sus picos bañados por la luz crepuscular, asomados por los ventanucos del vagón del tren, nunca hubiese creído que se trataba de unos hombres sin ninguna esperanza de vida y de libertad. A pesar de este hecho —o quizá precisamente por esto— nos embrujaba la belleza de la naturaleza, de la que el cautiverio nos privó durante tanto tiempo. Hasta en el propio campo podía suceder que cualquiera de los prisioneros atrayese la atención de su camarada de trabajo a su lado señalándole una hermosa vista de la luz del crepúsculo a través de las altas copas de los bosques bávaros (igual que en la famosa acuarela de Durero). En esos mismos bosques nosotros construíamos un almacén de municiones secreto. Una tarde, ya de regreso en los barracones, derrengados sobre el suelo, muertos de cansancio, con el cuenco de sopa entre las manos, entró de repente uno de los prisioneros para urgirnos a salir al patio y contemplar una maravillosa puesta de sol. Allí, de pie, vimos hacia el oeste unos densos nubarrones y el cielo entero plagado de nubes que continuamente variaban de forma y de color, desde el azul acero al rojo bermellón. Esa luminosidad menguante contrastaba de forma hiriente con el gris desolador de los barracones, especialmente cuando los charcos del suelo fangoso reflejaban el resplandor de aquel cielo tan bello. Luego, tras unos minutos de silencio y emoción, un prisionero le dijo a otro: «¡Qué hermoso podría ser el mundo…!»

Fuente: Viktor Frankl, El hombre en busca de sentido.
Ed. Herder, Barcelona, 2004, pp. 67-68

 

domingo, 28 de junio de 2015

EL REFUGIO INTERIOR

Después de una larguísima temporada ausente por motivos familiares, regreso a este blog. Quisiera compartir algunos fragmentos del libro “El hombre en busca de sentido”, de del psiquiatra austríaco Viktor Frankl. Escrito en 1945, tras sobrevivir al holocausto nazi, describe la vida del prisionero de un campo de concentración desde la perspectiva de un psiquiatra. Incluso en las condiciones más extremas de deshumanización y sufrimiento, el libro afirma que el hombre puede encontrar una razón para vivir, basada en su dimensión espiritual.
 
A pesar del primitivismo físico y mental imperantes a la fuerza, en la vida del campo de concentración aún era posible desarrollar una profunda vida espiritual. Frankl afirmaba que las personas de mayor sensibilidad, acostumbradas a una rica vivencia intelectual, sufrieron muchísimo ya que su constitución era endeble o enfermiza, sin embargo, el daño infligido a su ser íntimo fue mucho menor, al ser capaces de abstraerse del terrible entorno y sumergirse en un mundo de riqueza interior y de libertad de espíritu.
 
Para aclarar esta cuestión, Frankl recurre a una experiencia personal. Como cada mañana, antes del alba, los prisioneros se dirigían andando hacia su lugar de trabajo. Los guardianes les conducían a culatazos de sus rifles sin dejar en ningún momento de chillarles. El hombre que marchaba al lado de Frankl le susurró: «¡Si nuestras mujeres nos vieran ahora! Espero que ellas estén mejor en sus campos y desconozcan nuestra situación». Sus palabras avivaron en Frankl el recuerdo de su esposa.
 
El psiquiatra austriaco continúa con las siguientes palabras:
 
 
Durante kilómetros caminábamos a trompicones, resbalando en el hielo y sosteniéndonos continuamente el uno al otro, sin decir palabra alguna, pero mi compañero y yo sabíamos que ambos pensábamos en nuestras mujeres. De vez en cuando levantaba la vista al cielo y contemplaba el diluirse de las estrellas al tiempo que  primer albor rosáceo de la mañana se dejaba ver tras una oscura franja de nubes. Pero mi mente se aferraba a la imagen de mi esposa, imaginándola con una asombrosa precisión. Me respondía, me sonreía me miraba con su mirada cálida y franca. Real o irreal, su mirada lucía más que el sol del amanecer. En ese estado de embriaguez nostálgica se cruzó por mi mente un pensamiento que me petrificó pues por primera vez comprendí la sólida verdad dispersa en las canciones de tantos poetas o proclamada en la brillante sabiduría de tantos pensadores y de los filósofos: el amor es la meta última y más alta a la que puede aspirar el hombre. Entonces percibí en toda su hondura el significado del mayor secreto que la poesía, el pensamiento y las creencias humanas intentan comunicarnos: la salvación del hombre sólo es posible en el amor y a través del amor. Intuí cómo un hombre, despojado de todo, puede saborear la felicidad —aunque sólo sea un suspiro de felicidad— si contempla el rostro de su ser querido. Aun cuando el hombre se encuentre en una situación de desolación absoluta, sin posibilidad de expresarse por medio de una acción positiva, cuando su único horizonte vital de soportar correctamente —con dignidad— el sufrimiento omnipresente, aun en esa situación ese hombre puede realizarse en la amorosa contemplación de la imagen de su persona amada. Ahora sí entiendo el sentido y el significado de aquellas palabras: «Los ángeles se abandonan en la contemplación eterna de la gloria infinita».
 
 
Delante de mí un hombre tropezó y se desplomó, los que le seguían cayeron sobre él. El guardián se acercó a toda prisa y sacudión el látigo sobre aquellos cuerpos esparcidos por el suelo. Este incidente distrajo mi mente de sus pensamientos un largo instante, pero enseguida mi alma encontró de nuevo el camino para regresar a ese otro fantástico mundo, y olvidándome nuevamente de la cruda realidad de la vida en cautiverio, reanudé la conversación con mi amada: yo le preguntaba y ella contestaba; después preguntaba ella y respondía yo.
 
«¡Alto!» Esa orden significaba que habíamos alcanzado el lugar del trabajo. Nos abalanzamos dentro de la oscura caseta con la esperanza de encontrar alguna herramienta en buen estado. Cada prisionero se hizo con una piqueta y una pala.
 
«¿No podéis daros más prisa, cerdos?» En unos minutos reanudamos el trabajo en la zanja justo donde lo habíamos dejado el día anterior. El suelo helado crujía bajo la acción de las piquetas, y saltaban chispas. Los hombres permanecían en silencio, como con el cerebro entumecido o anestesiado.
 
Mi mente todavía se aferraba a la imagen de mi mujer. De pronto me asaltó una inquietud: no sabía si aún vivía. Sin embargo, ahora estaba convencido de una cosa, algo que había aprendido demasiado bien: el amor trasciende la persona física del ser amado y encuentra su sentido más profundo en el ser espiritual del otro, en su yo íntimo. Que esté o no presente esa persona, que continúe viva o no, de algún modo pierde su importancia. Ignoraba si mi mujer vivía y carecía de medios para averiguarlo (a lo largo de mi cautiverio jamás tuvimos contacto postal con el exterior); aunque en ese momento esa cuestión tan vital dejó de importarme. No sentía ninguna necesidad de comprobarlo: nada podía afectar a la fuerza de mi amor, de mis pensamientos o de la mirada amorosa de su figura espiritualizada. Si por aquel entonces hubiera conocido la muerte de mi mujer, creo que aun así me habría entregado —insensible a la realidad— a la contemplación de su imagen y mentalmente habría conversado con ella con la misma viveza y satisfacción. «Sella conmigo tu corazón… pues fuerte como la muerte es el amor» (Cantar de los Cantares 8,6).
 
Fuente: Viktor Frankl, El hombre en busca de sentido.
Ed. Herder, Barcelona, 2004, pp. 64-65
 
Viktor Frankl sobrevivió al Holocausto, pero tanto su esposa como sus padres fallecieron en los campos de concentración.