EL BLOG SE PRESENTA...

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Al cumplir los cuarenta, mi creador comenzó a hacerse las típicas preguntas asociadas a aquella edad: «¿qué he hecho con mi vida hasta ahora?», «¿qué pienso hacer a partir de ahora con ella?». Esas cuestiones fueron el motor de un blog con un carácter más bien “autobiográfico”, una suerte de “registro de recuerdos” que pretendía anotar algunas de sus vivencias personales y su impacto en él. Sin embargo, aquellas primeras páginas se expresaban en función del autoconcepto y el estado de ánimo del autor. Si ambos eran bajos, el estilo de cada publicación traslucía ese sentir.
Con el tiempo, aquel proyecto acabó en vía muerta.
Dos años después, mi autor retomó aquel cuaderno de bitácora para reconstruirlo desde sus cimientos e intentar corregir sus defectos. ¡Y nací yo!
En mis inicios, fui un medio para satisfacer el deseo de compartir vivencias y reflexiones personales, así como textos y vídeos variados que gustaban a mi creador. Este navío quería traer a puerto todas aquellas mercancías que pudieran enriquecer a los que paseasen por sus páginas.
Con el paso del tiempo me he dado cuenta que soy todo eso y algo más. Si, sigo siendo el saco en el que se introducen todas aquellas vivencias, reflexiones, textos y videos que han enriquecido de una u otra manera a mi autor. Pero además, combinando palabras propias y prestadas, me estoy convirtiendo en el relato de un itinerario en el que mi creador describe su transformación. En mi se ha reunido todo aquello que ha formado parte (de alguna manera) de un proceso de ensanchamiento humano y espiritual, un proceso de evolución que aún continúa.

¡Bienvenidos!


Mostrando entradas con la etiqueta Un nuevo mundo. Mostrar todas las entradas
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domingo, 30 de diciembre de 2018

PARA APRENDER

Estando tan próximo el Año Nuevo, un tiempo en el que todos desean lo mejor para el tiempo que comienza, yo no voy a desear que el año que entra sea mejor que el que fenece. No, lo único que deseo para todos (y para mí el primero) es aprender, simplemente aprender, tanto de lo bueno como de lo malo.
 
Yendo yo una mañana en el autobús, de camino a mi trabajo, me fijé en el tatuaje que una chica llevaba en su brazo. Decía así: “un buen día te da felicidad, un mal día te da experiencia”. Y lo que se dice de un día, puede decirse de todo un año.
 
Pues ese es mi deseo para 2019: experiencia para saborear la vida.
 
Por este motivo me gustaría subir hoy a este navío una de esas mercancías que ayudan a elevar el ánimo, en especial cuando las cosas no van del todo bien y aunque te des de bruces contra el asfalto mil y una veces. Se trata de una canción del cantautor cristiano Álvaro Fraile, perteneciente a su disco SOL.FE.ANDO. En el video, el tema es interpretado junto a Migueli.
 
 
 
La solución no está en pasar la vida restaurando
todo lo que pudo o no haber sido y no sabrás
 
Que el problema nunca sea el resultado
si en cuanto hiciste pusiste tanto todo o más
 
Si se trata de brillar
que sea siempre para alumbrar
si se trata de seguir
mira el sol,
vuelve a salir
¿acaso alguna vez no ha sido así?
 
Caer para aprender
aprender a levantarse
levantarse para recuperar le fe
en un nuevo amanecer
 
El porvenir no puede estar en ir resolviendo
crucigramas, indecisiones,… sostenerse, aguantar o morir
 
La suerte acompaña si uno echa el resto,
no consiste tanto en acertar como en decidir
 
Si se trata de brillar
que sea siempre para alumbrar
si se trata de seguir
mira el sol,
vuelve a salir
¿acaso alguna vez no ha sido así?
 
Caer para aprender
aprender a levantarse
levantarse para recuperar la fe
en un nuevo amanecer
 
 


domingo, 7 de octubre de 2018

NUEVOS PROBLEMAS, VIEJOS MODELOS

Krishnamurti es una de las mentes que más han transformado mi forma de ver y de acercarme a realidades ajenas a la mía. Con todo, este cambio aún se sigue construyendo: cada día sigo aprendiendo algo nuevo de mí mismo a la hora de situarme ante dichas realidades o redescubro, disfrazadas con mil argumentaciones, mis resistencias a ver lo diferente con una mirada más abierta.
 
No hay opinión humana, ni forma de ver o juzgar la realidad que pueda catalogarse de absoluta. Si existe una VERDAD, casi seguro que no es la mía, pero es igualmente seguro que tampoco lo es la de los otros. La manera de pensar y de comprender lo que me rodea nunca es aséptica y está condicionada por mi historia: ese montón de recuerdos y experiencias vitales, el conjunto de valores, principios, creencias y conocimientos acumulados. Cuando contemplo la realidad lo hago siempre a través de unos lentes que pueden distorsionarla.
 
Mucha gente que conozco diría que mis afirmaciones conducen a un intolerable relativismo. Nos aterra la incertidumbre, necesitamos seguridades, un suelo firme sobre el que asentarnos. El ser humano sufre “horror vacui”. Sin embargo, para mi desgracia, no puedo dejar de ver las cosas así: todo lo que veo desde mi atalaya de observación, con mis lentes, es siempre relativo.
 
Pero hoy no he venido a hablar de esto…
 
Somos muchos los que estamos firmemente convencidos de que, para encontrar solución a nuestros conflictos y desdichas, debemos buscar fuera de nosotros mismos algún tipo de “sabiduría” que dé la respuesta. Es por ello que, al buscar, necesitemos ser orientados por los especialistas, los que más pueden saber sobre la materia. Escuchamos las palabras de una ciencia o una filosofía, seguimos a un gurú, una iglesia o una doctrina, leemos estos libros o aquellos. Buscamos a alguien que nos dé la respuesta adecuada, que nos aporte pistas, que nos oriente en el camino correcto, ese camino que nos permita alcanzar lo bueno, lo adecuado, lo cierto.
 
Krishnamurti repetía una y otra vez que la clave no está en descubrir la verdad, sino en entender nuestra mente, la forma de pensar la realidad (mediatizada por recuerdos y condicionamientos). Ese entendimiento de nuestra mente es a lo que K. denominaba “inteligencia”: el mecanismo por el cual nos damos cuenta de “lo que es”, sin la aplicación de juicios, sin dejar que intervengan nuestra memoria y nuestros condicionamientos culturales o intelectuales y descubriendo cómo estos actúan. Sólo así podemos permitir que el problema revele su auténtico contenido. Las líneas que siguen a continuación, pertenecientes a una de sus conferencias, resumen bastante bien esta idea.
 
 
¿Se puede cultivar esa inteligencia mediante alguna clase de especialización? Porque eso es lo que está realmente sucediendo, ¿verdad? Mientras me escuchan, seguramente están pensando que soy un especialista; espero que no. El sacerdote, el médico, el ingeniero, el industrial, el hombre de negocios, el profesor..., todos tienen una mentalidad basada en la especialización, y nosotros creemos que para alcanzar la forma más elevada de inteligencia, a saber la verdad, Dios, algo que no puede describirse, para lograrlo tenemos que ser especialistas. Con ese fin estudiamos, buscamos a ciegas, tratamos de averiguar, y con esa mentalidad de especialista o con la dependencia de un especialista, nos estudiamos a nosotros mismos para desarrollar una capacidad que nos ayude a solucionar nuestros conflictos y desdichas.
 
Por tanto, si somos realmente conscientes, nuestro problema consiste en ver si otra persona puede resolver los conflictos, las desdichas y los sufrimientos de nuestra vida cotidiana, y si no puede, ¿cómo los solucionaremos? Sin duda, comprender un problema requiere cierta inteligencia, y esa inteligencia no se obtiene ni surge de la especialización, sólo aparece cuando nos damos cuenta pasivamente de todo el proceso de nuestra conciencia, lo cual significa darnos cuenta de nosotros mismos sin elección, sin elegir lo que está bien o mal.
 
 
Si uno se da cuenta pasivamente, verá que en esa pasividad que no es holgazanería, ni tampoco estar dormido, sino estar muy atento, el problema tiene un significado muy diferente, lo cual quiere decir que no existe ninguna identificación con el problema y, por tanto, tampoco ningún juicio; eso permite que el problema pueda empezar a revelar su contenido. Si uno es capaz de hacer eso todo el tiempo, siempre, entonces es posible resolver cada problema desde la raíz, no superficialmente. Esa es precisamente nuestra dificultad, porque la mayoría somos incapaces de estar pasivamente atentos, de permitir que el problema nos cuente su historia sin que tratemos de interpretarla; no sabemos mirar un problema imparcialmente, si prefieren utilizar esa palabra. Por desgracia, no somos capaces de hacerlo porque queremos conseguir algo del problema, queremos una respuesta, buscamos un resultado; o si no, intentamos traducirlo de acuerdo con nuestro placer o dolor; o bien, tenemos una respuesta previa para afrontar el problema. En consecuencia, abordamos el problema, que siempre es nuevo, con un modelo viejo; aunque el reto siempre es nuevo, nuestra respuesta siempre es vieja; de modo que nuestra dificultad consiste en afrontar el reto de forma adecuada, es decir, plenamente.
 
Los problemas siempre surgen en la relación; no existe otro problema. Y para afrontar estos problemas de relación con sus constantes y cambiantes exigencias, para hacerles frente de forma correcta y adecuada, uno debe darse cuenta pasivamente, pero esta pasividad no es el resultado de una conclusión, de la voluntad o la disciplina. Darse cuenta de que interferimos es el principio; sin duda, el principio es darse cuenta de que queremos una respuesta concreta a un problema determinado, es conocernos a nosotros mismos en relación con el problema y ver cómo lo afrontamos. Entonces, a medida que empezamos a conocernos a nosotros mismos en relación con el problema: cómo respondemos, cuáles son nuestros diferentes prejuicios, exigencias y deseos al abordar el problema, ese darse cuenta revelará nuestros pensamientos, nuestra propia naturaleza interna, y de ahí surge la libertad.
 
Así, pues, la vida es un asunto de relación, y para comprender esa relación, que no es estática, es necesario un darse cuenta flexible, un darse cuenta pasivo y atento, no una actividad agresiva. Y, como ya he dicho, este pasivo darse cuenta no se consigue mediante ninguna forma de disciplina ni de práctica. Consiste sólo en darse cuenta momento a momento de nuestro pensar y sentir, no tan sólo cuando estamos despiertos, sino que a medida que vamos profundizando veremos que empezamos a soñar que empiezan a surgir toda clase de símbolos que traducimos como sueños; de modo que hemos abierto la puerta a lo oculto que se convierte en lo conocido. Pero para encontrar lo desconocido debemos ir más allá de esa puerta, y, sin duda, esa es nuestra dificultad. La verdad no es algo que la mente pueda conocer porque la mente es un producto de lo conocido, del pasado; por eso la mente debe comprenderse a sí misma, comprender su propio funcionamiento, su realidad, porque únicamente entonces es posible que lo desconocido se manifieste.
 
Charla pública en Ojai, 30 de julio de 1949.
Fuente: J. Krishnamurti, Darse cuenta. La puerta de la inteligencia.
Gaia Ediciones, Madrid 2010, pp. 177-179.

miércoles, 17 de enero de 2018

VIVIR DESINSTALADO

Como no es mi intención que este blog se termine convirtiendo simplemente en un espacio donde colgar cuentos o enlaces de Youtube, hoy quisiera traer un episodio casi anecdótico de mi pasado, pero que me ha hecho reflexionar durante las últimas semanas. Comenzaré con lo anecdótico.
 
En el año 2010, después de pasar un par de meses viviendo en un monasterio (la experiencia puede comenzar a leerse en: La entrada en el desierto), no se me ocurrió otra cosa mejor que hacer la peregrinación a Santiago de Compostela. Preparando mi mochila para hacer el Camino, incorporé al equipaje un cuadernillo en el que anotaría tanto los pensamientos como los acontecimientos más importantes de cada día de peregrinación, igual que había hecho durante mi estancia en el monasterio.
 
Aún estaban muy recientes muchos de los recuerdos de aquella experiencia monástica y, el día antes de salir desde Madrid hacia Irún (donde comenzaría el Camino), anoté en aquel cuaderno unas líneas que había extractado de mis lecturas en el escritorio del noviciado y que me parecían muy indicadas para aquella ocasión. Hablaban de la vida del monje entendida como peregrinación. Aquellas anotaciones decían lo siguiente:
 
¡Una llamada, una peregrinación, un camino que recorrer, una carrera que hay que emprender cada día, un final en el que alguien nos espera! Uno será más ágil que otro; este podrá sostener mejor el compás de la marcha, al mismo tiempo que otro deberá encontrar un ritmo más lento, ¡todos marchan hacia delante!
…
Todos, más tarde o más pronto, deben alcanzar el fin, sin cambiar la dirección, sin dejarse retrasar por lentitudes injustificadas.
…
La tentación más frecuente es la de detenerse, estabilizarse, instalarse, crear una situación. Es el deseo de la seguridad y la comodidad que procura la estabilidad.
…
El inmovilismo es la actitud de facilidad, de huida ante el riesgo del esfuerzo y de la búsqueda. El refugio en estructuras mentales o en un orden moral que nos conviene, que parece a nuestra medida.
 
Hasta aquí lo “anecdótico”.
 
De un tiempo a esta parte no he dejado de pensar en estas palabras. Desde el neolítico, el tiempo en el que el ser humano comenzó a sedentarizarse, este ha necesitado estabilidad y refugio, buscando compulsivamente la seguridad y la inalterabilidad de su universo. La frase que mejor ilustraría esta necesidad es aquella en la que se clama: “¡virgencita, virgencita, que me quede como estoy!”. Esa necesidad tan humana se muestra no sólo en sus costumbres, sino también en su visión del mundo, y hasta en sus creencias, sean estas religiosas o ideológicas. ¡Cuánto tiempo y energía empleados para tal fin, pero qué quebradiza resulta, sin embargo, esa estabilidad!
 
Nadie puede negar que aquello que más teme el hombre es que le muevan los palos de su sombrajo, que le priven de su área de confort. Lo que más espanta al hombre es vivir en medio de un “terremoto”. Por supuesto, no me estoy refiriendo aquí a esa fuerza de la naturaleza de catastróficas consecuencias. Estoy considerando otro tipo de “terremoto”: el conceptual, el de los propios esquemas de vida. Lo que nos toca más de cerca, mal que nos pese, es experimentar la constante inestabilidad de nuestro universo (el material o el ideológico). Lo más real que podemos vivir es la fragilidad de nuestra existencia y de nuestra forma de percibir e interpretar la realidad. Esta es la única constante en el universo.
 
Sin embargo, para enfrentarnos a esta verdad, lo que mejor hemos aprendido a hacer los seres humanos es ocultar debajo de la alfombra aquellas realidades que nos incomodan y blindarnos tras una coraza de ortodoxia o de ortopraxis. ¡Tal es el efecto que puede llegar a infundirnos el temor a caminar sobre arenas movedizas!
 
No hay día en el que en las noticias (y hasta en los debates televisados) no encontremos ejemplos de este inveterado instinto. No hay nadie (desde el presidente del país que más defiende los derechos civiles hasta el más común de los dictadorzuelos domésticos, pasando por la multitud de “libertadores” que requiebran por doquier) que no intente imponer su forma de ver la realidad. Y el extremo más inhumano se encuentra entre aquellos que son capaces de enseñar a los niños a degollar a otros seres humanos simplemente por pensar diferente a ellos.
 
Pero lo más trágico (o tragicómico) de todo esto es que aquí todos somos peregrinos.
 

Hace pocos días tuve la ocasión de releer aquellas palabras del libro del Génesis en las que Dios dijo a Abraham: “Sal de tu tierra y de tu patria y de la casa de tu padre a la tierra que yo te mostraré… Marchó, pues, Abram, como se lo había dicho Yahvé” (Gn 12, 1.4a). He aquí el inicio de la historia de otro peregrino. Y por más vueltas que le doy al texto, sólo puedo leer en estas líneas algo que resulta bastante incómodo: salir del espacio de seguridad, de la “patria”, de la “casa paterna”, también supone abandonar (o al menos poner entre paréntesis) creencias que aceptamos sin dudar.
 
Si se me permite, quisiera aterrizar esta idea en el terreno de lo religioso (aunque cualquiera puede poner ejemplos en lo ideológico, lo político o lo cotidiano). Yo, que me suelo mover en ambientes de la Iglesia católica, no dejo de observar en algunos rostros cierta inquietud cada vez que expreso este tipo de pensamientos abiertamente, y oigo cosas tales como: “lo que creemos es lo que es y punto…”, “las Escrituras dicen que Dios es de esta manera, no hay más que hablar…”, “si piensas de esa forma… ¿para qué vienes aquí entonces?”.
 
A pesar de ello, yo no consigo quitarme de la cabeza estos pensamientos.
 
Decía Jiddu Krishnamurti algo parecido a esto: “cuando se deja de creer en Dios, Dios existe”. Sólo cuando dejamos de considerar a Dios exclusivamente desde teologías, cuando dejamos de definir a Dios, de darle una imagen basada en anhelos humanos, Dios existe tal y como es: como silencio y noche oscura. Tan sólo los místicos supieron ver esto. Más allá de creencias religiosas yo me atrevería a añadir, parafraseando a Krishnamurti: “sólo cuando se deja de creer que la Verdad es de una determinada manera, la Verdad es”. Esto sólo es posible descabalgando de esquemas mentales y de principios férreamente fijados. Esta es la única certeza absoluta.

 

domingo, 15 de noviembre de 2015

PARA UN MUNDO SIN RAZÓN

Quería haber publicado otra cosa, pero hoy, en medio de un mundo que parece abocado a la locura y a la sinrazón, me ha parecido más oportuno compartir esta joya perteneciente a la película “The Great Dictator”.

 
 
 
Lo siento... pero yo no quiero ser emperador. Ese no es mi oficio. Yo no quiero gobernar ni conquistar a nadie. Quisiera ayudar a todos si fuera posible: judíos, gentiles, negros, blancos.
 
Todos queremos ayudarnos los unos a los otros; los seres humanos somos así. Queremos hacer felices a los demás, no hacerlos desgraciados. No queremos odiar ni despreciar a nadie. En este mundo hay sitio para todos y la buena tierra es rica y puede alimentar a todos los seres. La manera de vivir puede ser libre y hermosa, pero hemos perdido el rumbo.
 
La codicia ha envenenado las almas de los hombres, ha dividido el mundo con barricadas de odio, nos ha llevado con paso militar hacia la miseria y el derramamiento de sangre. Hemos desarrollado velocidad, pero nos hemos encerrado en nosotros mismos. La maquinaria que da abundancia, nos ha dejado en la indigencia. Nuestros conocimientos nos ha hecho cínicos, nuestra inteligencia, duros y crueles.
 
Pensamos demasiado, sentimos muy poco.
 
Más que maquinaria necesitamos humanidad. Más que inteligencia, necesitamos amabilidad y dulzura. Sin estas cualidades la vida será violenta y se perderá todo. Los aviones y la radio nos han acercado. La propia naturaleza de estos inventos exige la bondad humana, exige la hermandad universal, la unidad de todos nosotros. Incluso ahora, mi voz llega a millones en todo el mundo, millones de hombres desesperados, mujeres y niños, víctimas de un sistema que hace que los hombres torturen y encarcelen a personas inocentes.
 
A los que puedan oírme, les digo: ¡no desesperéis!
 
La miseria que está ahora sobre nosotros no es más que el paso de la avaricia, la amargura de los hombres que temen el camino del progreso humano. El odio de los hombres pasará y los dictadores caerán, y el poder que se le quitó al pueblo volverá al pueblo, y mientras los hombres mueran por ella, la libertad no perecerá.
 
¡Soldados! ¡No os entreguéis a las fieras, hombres que os desprecian y os esclavizan, que reglamentan vuestras vidas y os dicen qué tenéis que hacer, qué decir y qué sentir! ¡Que os martirizan, os hacen ayunar, os tratan como a ganado, os utilizan como carne de cañón! ¡No os entreguéis a estos antinaturales hombres-máquina, con cerebros de máquina y corazones de máquina! ¡Vosotros no sois máquinas! ¡No sois ganado! ¡Sois hombres! ¡Lleváis amor de la Humanidad en vuestros corazones! ¡No odiáis! Sólo los que no son amados odian, los no amados y los antinaturales. ¡Soldados! ¡No luchéis por la esclavitud! ¡Luchad por la libertad!
 
En el capítulo 17 de San Lucas está escrito: "El Reino de Dios está dentro del hombre”, no en un hombre, ni en un grupo de hombres, sino en todos los hombres ¡En vosotros!
 
¡Vosotros, el pueblo, tenéis el poder! ¡El poder de crear máquinas, el poder de crear felicidad, el poder de hacer esta vida libre y hermosa, de hacer de esta vida una maravillosa aventura! ¡Entonces, en nombre de la democracia, utilicemos ese poder! ¡Unámonos todos! ¡Luchemos por un mundo nuevo, un mundo digno que dé a los hombres la oportunidad de trabajar, que dé a la juventud un futuro y a la vejez seguridad! Con la promesa de esas cosas, las fieras subieron al poder. ¡Pero mienten! Nunca cumplen sus promesas. ¡Nunca lo harán! ¡Los dictadores son libres ellos mismos, pero esclavizan al pueblo!
 
¡Ahora luchemos para realizar esa promesa! ¡Luchemos para liberar al mundo! ¡Para acabar con las barreras nacionales! ¡Para acabar con la ambición, con el odio y la intolerancia! ¡Luchemos por un mundo de la razón, un mundo donde la ciencia y el progreso conducirán a todos los hombres hacia la felicidad! ¡Soldados! ¡En nombre de la democracia, unámonos todos!