EL BLOG SE PRESENTA...

EL BLOG SE PRESENTA...

Al cumplir los cuarenta, mi creador comenzó a hacerse las típicas preguntas asociadas a aquella edad: «¿qué he hecho con mi vida hasta ahora?», «¿qué pienso hacer a partir de ahora con ella?». Esas cuestiones fueron el motor de un blog con un carácter más bien “autobiográfico”, una suerte de “registro de recuerdos” que pretendía anotar algunas de sus vivencias personales y su impacto en él. Sin embargo, aquellas primeras páginas se expresaban en función del autoconcepto y el estado de ánimo del autor. Si ambos eran bajos, el estilo de cada publicación traslucía ese sentir.
Con el tiempo, aquel proyecto acabó en vía muerta.
Dos años después, mi autor retomó aquel cuaderno de bitácora para reconstruirlo desde sus cimientos e intentar corregir sus defectos. ¡Y nací yo!
En mis inicios, fui un medio para satisfacer el deseo de compartir vivencias y reflexiones personales, así como textos y vídeos variados que gustaban a mi creador. Este navío quería traer a puerto todas aquellas mercancías que pudieran enriquecer a los que paseasen por sus páginas.
Con el paso del tiempo me he dado cuenta que soy todo eso y algo más. Si, sigo siendo el saco en el que se introducen todas aquellas vivencias, reflexiones, textos y videos que han enriquecido de una u otra manera a mi autor. Pero además, combinando palabras propias y prestadas, me estoy convirtiendo en el relato de un itinerario en el que mi creador describe su transformación. En mi se ha reunido todo aquello que ha formado parte (de alguna manera) de un proceso de ensanchamiento humano y espiritual, un proceso de evolución que aún continúa.

¡Bienvenidos!


Mostrando entradas con la etiqueta Amor. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Amor. Mostrar todas las entradas

domingo, 7 de agosto de 2016

VIVIR EL INSTANTE

Llevo dos semanas escribiendo publicaciones que podrían ser catalogadas por algunos como “desesperanzadoras” o “fatalistas”. Confieso que no es un tema agradable de tratar, pero creo que es necesario hacerlo.
 
En la primera publicación hablaba de cómo en nuestras vidas nos encontraremos con pérdidas y cambios, con el envejecimiento, la enfermedad y, antes o después, con la muerte. ¿Alguna vez nos detenemos a considerar esta realidad? Y si lo hacemos, ¿cuánto tiempo tardamos en buscarnos una distracción para no tener que detenernos mucho en estos oscuros pensamientos?
 
Sin embargo, nada hay más sano que pensar, al menos un breve instante cada día, en esta realidad.
 
La segunda publicación era aún más dura. Lo que hemos vivido, nuestros recuerdos del pasado, nuestra biografía y nuestros proyectos futuros tan sólo son lágrimas en la lluvia. Todo terminará desapareciendo con nuestro último aliento, diluyéndose en la nada. ¿Para qué afanarnos por dejar un “legado” si probablemente nadie recordará que hemos sido nosotros quienes lo dejamos?
 
Sin embargo, nada hay más sano que pensar, al menos un breve instante cada día, en esta realidad.
 
¿Y dónde está lo “saludable” de este ejercicio?
 
En mi experiencia diaria con personas en la fase terminal de su enfermedad no dejo de pensar en lo siguiente: en cualquier momento también a mí puede llegarme el final y el problema no está en que eso pueda ocurrirme dentro de treinta años o mañana mismo, que mi final pueda ser de esta o de aquella manera, que poco importará que haya trabajado mucho por dejar un legado significativo para las generaciones futuras, que haya escrito más o menos libros, que haya tenido o no descendencia, que haya plantado todo un bosque de árboles… Lo verdaderamente importante, lo único necesario es saber a qué dedico este tiempo que ahora tengo entre mis manos, darme cuenta de cómo vivo mi tiempo presente y comprender que sólo el amor que yo dé y reciba será lo más valioso de mi existencia.
 
El Evangelio emplea una expresión muy sugerente: debemos permanecer en estado de vigilia, estar siempre alerta, siempre vigilantes, en todo momento expectantes. El maestro zen Thich Nhat Hanh nuevamente puede ayudarme a expresar mejor esta idea.
 
Tenemos que vivir profundamente cada momento que nos es dado vivir. Si eres capaz de vivir profundamente un solo momento de tu vida, puedes aprender a vivir del mismo modo el resto del tiempo. El poeta francés René Char dijo: «Si habitas un instante, descubrirás la eternidad». Convierte cada instante en una oportunidad de vivir profunda, felizmente y en paz. Cada instante es una oportunidad de hacer las paces con el mundo y de convertir la paz y la felicidad en algo que se halle al alcance de todos. El mundo necesita nuestra felicidad. La práctica de la vida despierta puede ser descrita, en ese sentido, como la práctica de la felicidad y del amor. Debemos cultivar, en nuestra vida, la capacidad de ser felices y de amar. La comprensión es el fundamento del amor, y la observación profunda, la base de la práctica.
 
Thich Nhat Hanh, Miedo. Vivir en el presente para acabar con nuestros temores.
Kairós, Barcelona 2013, p. 178.
 
El pasado ya no está aquí y el futuro aún no ha llegado. Lo único que verdaderamente existe es el momento presente y el amor con el que lo viva. Eso es lo único verdaderamente eterno.
 
 

domingo, 31 de julio de 2016

COMO LÁGRIMAS EN LA LLUVIA

En la última publicación de este blog (Los cinco recuerdos) hice referencia a nuestros más profundos miedos, esos temores asociados a la pérdida de lo que más queremos: de nuestros seres queridos, de la salud, de la juventud, de la propia vida. Pensar en la propia muerte, en la posibilidad de perder la salud, de perder lo que tenemos… da vértigo. Afirmar la necesidad de pensar en ello para no olvidarlo… suena a disparate. ¿Quién está tan “loco” como para hacerlo? Lo socialmente aceptado, lo “normal”, es mirar hacia delante con esperanza, proyectar el futuro, vivir “a tope”, vivir como si nunca fuera a ocurrirnos nada.
 
La sabiduría popular dice que en nuestra vida hay que hacer tres cosas: escribir un libro, plantar un árbol y tener un hijo. En el fondo de dicha afirmación late el deseo de dejar algo nuestro para la posteridad, dejar constancia de nuestra identidad, de nuestra biografía, algo que diga que hemos estado aquí, que hemos dejado huella. Es una forma de perdurar en el tiempo.
 
Y así, en medio de proyectos, experiencias, deseos, aspiraciones, ocupaciones y preocupaciones, vivimos un tanto anestesiados de ese dolor que seguirá estando ahí, de esa realidad que siempre estará presente.
 
Esta misma mañana he tenido la oportunidad de escuchar el siguiente fragmento del libro del Eclesiastés:
 
Hay quien trabaja con sabiduría, ciencia y acierto,
y tiene que dejarle su porción a uno que no ha trabajado.
También esto es vanidad y grave desgracia.
Entonces, ¿qué saca el hombre de todos los trabajos y preocupaciones que lo fatigan bajo el sol?
De día su tarea es sufrir y penar, de noche no descansa su mente.
También esto es vanidad.
 
Eclesiastés 2, 21-23
 
Me viene ahora a la memoria la escena final de la película Blade Runner, de Ridley Scott. En ella, Rick Deckard (personaje interpretado por Harrison Ford) y Roy Batty (el “replicante” interpretado por Rutger Hauer) se enfrentan en un desesperado combate a vida o muerte. Cuando Deckard intenta escapar saltando desde un tejado a otro edificio y logra sujetarse de una viga. Roy Batty, sin embargo, salta con facilidad y se queda mirando fijamente a su enemigo, que se encuentra peligrosamente suspendido en el vacío. En el límite de su aguante, Deckart termina soltándose de la viga, pero Batty lo sujeta por la muñeca, salvándole la vida. El replicante, que se está deteriorando muy rápidamente ya que sus cuatro años de vida se acaban, se sienta y relata con elocuencia los grandes momentos de su vida. La escena no tiene desperdicio.
 
 
Las palabras de Batty son demoledoras: nuestros recuerdos del pasado, nuestros proyectos futuros, nuestras vivencias, nuestra biografía… sólo son lágrimas en la lluvia. Todo se irá con nosotros y terminará desapareciendo con nuestro último aliento, diluyéndose en la nada.
 
¡Porque hasta nosotros terminaremos diluyéndonos en la memoria colectiva! Para entender esto, sólo es necesario hacerse unas simples preguntas: ¿quién inventó la rueda?, ¿alguien recuerda su nombre?, ¿quiénes diseñaron y erigieron las pirámides o las grandes catedrales?, ¿dónde figuran sus nombres? Si se desconocen los nombres e historias de aquellos que dejaron tan grades legados, ¿quién se acordará del “legado” que cada uno de nosotros pueda dejar?
 
¡Y todavía puedo ponerme un poco más “pesimista”!
 
Imaginemos que la Humanidad pereciera como consecuencia de un cataclismo planetario. ¿Quién quedaría para recordar los grandes logros del género humano?, ¿quién para recordar los nombres de los grandes protagonistas de la Historia?
 
Aunque lo parezca, ni intento aniquilar la esperanza, ni pretendo caer en un fatalismo que conduzca a la inacción, ni quiero negar el legítimo derecho de la Humanidad al progreso. Tan sólo pretendo preguntarme en qué depositamos nuestra esperanza. ¿No será para analgesiar esa realidad de la que estamos hablando?
 
Personalmente, cada día estoy más convencido de que mirando cara a cara nuestros temores, siendo plenamente conscientes de nuestro destino, de nuestra radical vulnerabilidad, podemos vivir más plenamente el presente y amar lo que cada instante contiene.
 
Recuerdo ahora otra película, “El puente de San Luis Rey”, una historia ambientada en el Perú del siglo XVIII. En ella, las vidas de cinco de sus personajes se entrelazan en un trágico accidente en el que todos fallecen. En el monólogo final de esta cinta, la madre abadesa, interpretada por Geraldine Chaplin, dice estas palabras:
 
 
Ahora, casi nadie recuerda a Esteban y a Pepita, a no ser yo… la hermana Camila, la Perichole, recuerda a Tío Pío y a su hijo… y esta mujer a su madre… Pero pronto moriremos, y con nosotras se irá el recuerdo de aquellos cinco. También a nosotras nos amarán un tiempo y nos olvidarán… pero ese amor habrá bastado. Todos los impulsos del amor regresan al amor que los creó. El amor no necesita de recuerdo. Hay una tierra de los vivos y una tierra de los muertos, el puente entre ellas es el amor. Sólo él sobrevive y tiene sentido.
 
Pues sí, el tiempo diluirá todo recuerdo, pero lo único que quedará será el amor que hayamos tenido.
 

domingo, 17 de julio de 2016

HOMBRE SOLTERO BUSCA

La semana pasada una amiga dejó un comentario en este blog. Dado que la publicación terminaba hablando de cubrir la necesidad de afecto y ternura, debió de pensar que yo andaba enamoriscado. Siento mucho tener que decepcionarla, pero aún no me hallo en tal estado. Ahora me encuentro más bien en uno de esos momentos “místico-comprensivos” en los que estoy más interesado en la búsqueda y el encuentro de mí mismo que en el de una pareja. Sin embargo, esto no siempre ha sido así (¡gracias a Dios!).
 
Reconozco que nunca he sido una persona muy activa en esto de la búsqueda de pareja. Siempre fui demasiado tímido para hablar de mis sentimientos. Por ese hecho, hace unos años me registré en una página de contactos de esas que te aseguran que son capaces de encontrarte a la pareja de tu vida en menos tiempo de lo que tardas en decir “estoy soltero y busco plan”.
 
En efecto, yo confieso ante Dios Todopoderoso y ante vosotros hermanos que he pecado de pensamiento, palabra, obra y ejecución. ¡Yo también he sido usuario de una de esas web para solteros exigentes! En esta web, como en todas de corte semejante, se suele insistir en que la presentación es muy importante si se quiere impresionar a las usuarias. Por este motivo decidí trabajarme muy bien la introducción y colgué el siguiente anuncio:
 
 
Lo más difícil es describirse a uno mismo, por lo que prefiero que sean los demás quienes lo descubran… No, creo que esta es una presentación que ya está demasiado vista. Empezaré de nuevo...
 
 
¿Por dónde puedo comenzar una descripción de mí mismo? No sé. Los encargados de esta web aconsejan que sea sincero y que no olvide expresarme con sentido del humor. Bien, voy a intentarlo.
 
Mido 1,82 m (aproximadamente) y tengo la piel muy blanca (como los champiñones) ya que no me da mucho el sol (como a los champiñones). Tengo barba (con bastantes canas ya, por cierto) y cuando paso cinco meses sin arreglarla, mi aspecto recuerda al de Johnny Castaway o al de fray Leopoldo de Alpandeire. Bueno, con lo del pelo facial tengo que hacer una matización: cuando cambian las condiciones meteorológicas y aprieta “la caló”, la barba desaparece, y si no fuera por las canas que ya me toca peinar, parecería que rejuvenezco hasta los 30 años. Respecto a los demás pelos corporales, debo informar que sufro déficit capilar frontal con migración de pelambrera hacia lugares menos deseables. Si hay cita, prometo recortarme los pelos de la nariz y depilarme los de las orejas.
 
Soy un hombre a una nariz pegado, ya que mi probóscide tiene un formato Cyrano de Bergerac. A pesar de ello, sufro atrofia olfativa y una constante sensación de obstrucción nasal. Si hay cita, no uses un gran perfume: seguro que seré incapaz de apreciarlo. Si te preguntas si padezco halitosis, mal olor de axilas, o si mis zapatos huelen peor que un cadáver en descomposición, ¡genial!, ya tenemos algo en común: ¡yo también me lo pregunto!
 
Si lo que te atrae de un hombre es su sonrisa, bórrame de tus favoritos. De pequeño no me quise poner corrector dental y tengo los dientes que parecen haber salido de la montaña rusa.
 
Como de todo y no soy nada deportista. El único ejercicio físico que hago lo efectúo todas las mañanas: incorporarme de la cama (¡uf, es durísimo!). A pesar de todo, creo que tengo un peso ideal, aunque no quiero ser demasiado idealista.
 
Soy un tipo callado y encerrado en sus propios pensamientos, al que le encanta la soledad (que a veces suele convertirse en aislamiento). Me cautivan los juegos de estrategia para PC, y paso las horas muertas disfrutando de la construcción de ciudades e imperios mientras los defiendo de los ataques de inicuas hordas bárbaras.
 
¿Y de salir? Bueeeno… a ese tipo de eventos me apunto de cuando en cuando, pero con el tipo de vida (vegetativa) que llevo, sólo tengo medio tema de conversación. Si hay cita, me pido escuchar. Y a la hora de pagar, algunos dicen de mí que me estiro menos que el portero de un futbolín. Pero eso no es del todo exacto. Lo que sucede es que yo no soy de esos hombres que nunca consienten que una mujer invite.
 
¿Y el bailoteo…? Una vez intenté aprender. Aún tengo pendiente el juicio por lesiones.
 
¿Hay alguien que tenga aún curiosidad por saber más? ¿Por dónde puedo continuar? Por ejemplo… por mis pies: tengo unas durezas en los talones que parecen centollos. Gracias a ellos conseguí el tercer premio en el certamen de claque de Sauquillo de Boñices (provincia de Soria). Bueno, lo del premio no es cierto, pero lo de los callos, por desgracia, sí (snif). A la piedra pómez la tengo consumida y la pobrecita se me echa a temblar cada vez que me acerco a ella. Y no me meto en la ducha con una lijadora de paredes por el elevado riesgo de electrocución, que si no…
 
En el resto de mis funciones soy tirando a “normalito”: ventoseo con mucha frecuencia y, a pesar de mi atrofia olfatoria, puedo asegurar que el aroma no es ni rosas, ni pino, ni lavanda. Afortunadamente para la audiencia, este tipo de actos los perpetro cuando estoy solito (se disfrutan muchísimo más). Bien, creo que será mejor no seguir la descripción por aquí, ya que me estoy poniendo demasiado escatológico.
 
Emocionalmente, soy más plano que una campeona olímpica de natación, soy un perezoso en las relaciones sociales, y hasta mi padre me decía que yo era más raro que un perro verde. Vivo con mi “señá” madre, que ya es bastante mayor, y tengo muy asumido que a este paso o termino vistiendo santos o acabo como Norman Bates.
 
¿Y en la cama? Duermo como un tronco, doy más vueltas que una peonza, y me despierto con la boca como la suela de un zapato ya que respiro por ella (otra vez por culpa de mi problema obstructivo nasal). Ya no puedo asegurar que ronque, porque si lo hago, siempre ocurre cuando estoy dormido. Ah, se me olvidaba otro detalle: en el lecho, no sé si por la posición… o por el relajamiento… sigo ventoseando (¿qué hombre no hace ruido en la cama?). Si alguna vez pasamos la noche juntos, permíteme un consejo: procura que yo no te dé la espalda.
 
Semejante dechado (o quizá sea mejor hablar de “deshecho”) de “virtudes” me hace dudar que las clientas de este servicio se fijen en mí, ya que cuando leo los anuncios que algunas cuelgan por aquí, parece que le estén escribiendo una carta a los Reyes Magos pidiéndoles un Geyperman. Cuando describen a su hombre ideal sólo les falta añadir: “...y que no sea alérgico a la kriptonita” (¡si es que leer cosas así le quitan a uno todas las ganas, leñe!).
 
A pesar de todo, aquí estoy yo.
 
No se admitirán reclamaciones (que nadie diga que no avisé).
 

domingo, 10 de julio de 2016

UN SANO EJERCICIO

La semana pasada traje a este blog la historia de una enferma a la que he tenido la oportunidad de acompañar en una unidad de cuidados paliativos de un conocido hospital madrileño (El silencio más valioso). La enferma era soltera y su única familia era una cuñada que se acercaba siempre que se lo permiten sus obligaciones.
 
Esta tarde me gustaría hablar de mí mismo, de mi historia y de mi intimidad, porque aquella situación me hizo considerar los efectos de mi propia soltería.
 
Hace unos cuantos años tuve un sueño que aún no he podido olvidar. En él me sucedía algo que, en el caso de una persona con mis antecedentes personales, podría considerarse como algo “increíble”: ¡me iba a casar! ¡Sí, un solterón indomable, terco e irreductible como yo, pasando por la vicaría! La boda era con una chica con la que salí hace mucho (pero que mucho tiempo). Lo más “divertido”, era que la pobre criatura iba embarazada… y, ¿de quién?... ¡del canalla que ahora escribe estas líneas! En efecto, la novia había sido víctima no sólo de la seducción de este truhán, sino también de su torpeza en la planificación del delito.
 
No obstante, la historia tenía un final feliz y, como en cualquier desenlace venturoso que se precie, el amor tenía que triunfar. El “sinvergüenza” (o sea, yo) claudicaba a las exigencias que la mancillada honra de la dama reclamaba (póngase aquí música de cuento de hadas o de final feliz, lo que más apetezca).
 
Bueno, vayamos al intríngulis de mi relato. ¿Alguien puede imaginarse lo que pensaba el pícaro novio mientras tanto? Pues, lo siguiente: «Uf, vaya faena. Con lo que me gustaba a mí disfrutar de mi libertad… ¿Y ahora a comprometerme?... ¡Y de por vida!... ¡Y criando un hijo!... Bueno, si no hay más remedio… pero, ¡menudo fastidio!».
 
Hay un salmo que dice, más o menos, lo siguiente: «hasta en sueños me instruyes». ¡Y es que hasta los sueños nos gritan cómo somos!
 
+ + +
 
Llegados a este punto y antes de continuar, creo que debo contarles un episodio de mi vida.

Yo pasé algunos años en el Seminario… Si, ese lugar donde estudian y se forman los futuros sacerdotes católicos. Seguro que les resultará curioso, pero cuando decidí abandonarlo lo hice precisamente porque el celibato me parecía una carga demasiado pesada. Los años han pasado (¡más de 20 años!), y, sin embargo, yo he continuado sin pareja. Algunos de mis antiguos compañeros, ya a punto de ordenarse como curas, me lo echaban en cara cuando me veían: «pero, ¿aún no tienes novia?... ¿y para eso has dejado el Seminario?».
 
Muchas han sido las personas que me han hecho una pregunta parecida: «Y tú lo de tener una pareja y casarte, ¿nunca te lo has planteado?» Ante semejante cuestión, con un gesto de cierta desgana, siempre he terminado respondiendo: «¿Yo?... pues la verdad es que… ¿qué quieres que te diga?... pues… como que no ha entrado en mis planes…».
 
Algunos años después de abandonar el Seminario, cuando yo estudiaba Enfermería, aun rodeado de más de cien mujeres, nunca salí con ninguna de mis compañeras. Este dato no creo que tenga mucho misterio. Soy lo suficientemente indeciso como para que tantas mujeres, y en tanta variedad, dejen completamente bloqueada mi capacidad de elección.
 
Da igual qué circunstancias se hayan dado a lo largo de tu vida, el verdadero problema es que, con el paso de los años, terminas un día descubriéndote solo.
 
 
+ + +
 
Conocí una vez a un sacerdote que tenía una clasificación muy original de la soltería. El definía cuatro grupos: solteros, solterones, solteritos y célibes. El soltero era aquel que, por su juventud o por circunstancias personales lógicas, no había encontrado aún una pareja. El solterón era aquella persona que, por comodidad o temor, nunca la había buscado. El solterito era aquel que hallaba pareja un día en un lugar y al día siguiente en otro, evitando siempre el compromiso. Finalmente, el célibe era aquel que habría renunciado libremente a una pareja para consagrarse a una labor, a un ideal, o a un dios.
 
¿En cuál de estas cuatro categorías podría estar yo incluido? Lo de célibe lo descartaría, al menos por el momento. No creo que me haya consagrado aún a ninguna labor o ideal como para catalogar mi soltería como celibato. Lo de soltero ya no parece ir conmigo. Ni soy tan joven, ni mis “circunstancias personales” podrían considerarse “lógicas”. ¿Solterito entonces? Bueno, confieso que más de una vez he soñado con ser un Casanova (reconozcámoslo, las hormonas son las hormonas), pero eso de ir de flor en flor nunca me pareció del todo serio. Si no me he incluido nunca en esta categoría es por mi mala conciencia. ¿Solterón? Creo que, por eliminación, sería la única opción.
 
¿Quizá la razón de mi “solteronía” se encuentre en que he idealizado tanto la vida de pareja que me he sentido incapaz de afrontarla? ¿Quizá he vivido tantos años soltero que no puedo verme de otra manera? ¿Quizá vea la vida de pareja como algo aparatoso para mí y que va a complicarme demasiado la existencia?... Podría dedicar horas y horas a buscar mil y una razones que justifiquen mi decisión de vivir de una determinada manera mis relaciones con el otro sexo. Sin embargo, la historia de aquella enferma ha desenterrado un profundo temor: el de la soledad. No hablo de ese miedo a terminar mis días solo en un hospital, hablo del miedo a terminarlos sin haber buscado el abrazo, la ternura, hablo del miedo a negarme el afecto de otra persona buscando mil justificaciones.
 
Lo que más me interesa en esta tarde es hacer un sano ejercicio, el ejercicio de reconocer una necesidad insuficientemente cubierta: la necesidad de afecto, la necesidad de un abrazo, de ternura y de calor.
 

domingo, 21 de febrero de 2016

CUARENTA VECES QUE NACIERA…

La semana pasada publiqué un post musical con motivo del día de San Valentín. Una letra muy bonita, muy bien traída… en fin, perfecto para un día como ese. Sin embargo, hoy no quiero hablar del amor de películas o canciones… sino de eso otro que, en mi humilde opinión, se aproxima mucho más a la llana realidad, esa de carne y hueso que sangra y suda.
 
Hacer voluntariado en una unidad de cuidados paliativos de un centro hospitalario es (en ocasiones lo es) todo un privilegio por las personas a las que conoces y por las conversaciones que puedes tener con enfermos y familiares.
 
Hace un par de semanas pasé por la habitación de uno de los pacientes de aquella unidad. El hombre se encontraba postrado en la cama, con el nivel de conciencia reducido por efecto de la sedación. La esposa se encontraba a su lado, sentada en el sillón. Cuando entré se mostró un tanto sorprendida por la presencia de una persona que, hasta ese instante, no había entrado en la habitación de su esposo. Ante su gesto, me presenté como voluntario del centro y me ofrecí para hacerla un rato de compañía, para que pudiera hablar, sentirse acompañada y desahogarse, si así lo precisaba.
 
El rato que pasé con ella hizo recuerdo de su historia y compartió conmigo su vida con el hombre que ahora se hallaba en cama acercándose a la muerte. Habló de buenos y de malos momentos, habló de los ocho años de enfermedad por la que habían tenido que pasar, de las dificultades por las que habían atravesado. Habló de su separación y su divorcio, que había durado cinco años. Habló de su reconciliación, de su segundo matrimonio, de lo buen padre y compañero que había sido todos aquellos años. Habló de que, al final, con lo que ella se quedaría sería con todos los buenos instantes que había tenido la oportunidad de vivir junto a él, y de que lo único que lamentaba era haber perdido los cinco años que estuvieron divorciados.
 
Tras los últimos años de lucha contra la enfermedad, ya en el tramo final de la vida de su esposo, ambos tuvieron la oportunidad de decirse mutuamente algo que muchas veces olvidamos decir a los seres que queremos: ninguno de los dos lamentaba haber compartido su vida con el otro, con sus luces y sus sombras. Ella lo dijo con unas palabras que me impresionaron: “Cuarenta veces que naciera, cuarenta veces que me volvería a casar con él”. En mi humilde opinión (que yo no tengo pareja), ni un millón de días de San Valentín pueden sustituir una frase como esa.
 
Pocas veces nos acordamos de decir cosas así... muchas veces perdemos la oportunidad de hacerlo.
 
Esta y otras experiencias en paliativos han hecho que todos los días piense en la muerte, pero no lo hago con temor o con morbo. Acordarme de la muerte me recuerda mi finitud, me recuerda que no puedo desaprovechar mi tiempo ni mis oportunidades. Acordarme de la muerte me recuerda que lo más importante es amar y sentirse amado.
 
 

domingo, 14 de febrero de 2016

SIGUE BESÁNDOME

Hace un año me matriculé en un curso de italiano, aunque al final las circunstancias familiares y la falta de tiempo no me permitieran continuarlo. Hoy he recordado cómo el profesor nos dijo en cierta ocasión que una de las características de las canciones italianas era que todas hablaban de amor.

En la muy publicitaria y mercantil fiesta de San Valentín, un día en el que muchos hablan de amor y sentimientos a flor de piel, me apetece traer a este lugar una de las canciones que aquel profesor nos enseñaba para ir adquiriendo vocabulario. Quiero dedicar el siguiente tema del cantante italiano Jovanotti a todos aquellos que en este día aman y son amados.


BACIAMI ANCORA

One, due, tre, four.

Un bellissimo spreco di tempo
un’impresa impossibile
l’invenzione di un sogno
una vita in un giorno
una tenda al di là della duna.

Un pianeta in un sasso, l’infinito in un passo,
il riflesso di un sole sull’onda di un fiume
son tornate le lucciole a Roma
nei parchi del centro l’estate profuma.

Una mamma, un amante, una figlia
un impegno, una volta, una nuvola scura
un magnete sul frigo, un quaderno di appunti
una casa, un aereo che vola.

Baciami ancora…
Baciami ancora…

Tutto il resto è un rumore lontano
una stella che esplode ai confini del cielo.

Baciami ancora…
Baciami ancora…

Voglio stare con te
inseguire con te
tutte le onde del nostro destino.

Una bimba che danza, un cielo, una stanza
una strada, un lavoro, una scuola
un pensiero che sfugge
una luce che sfiora una fiamma che incendia l’aurora.

Un errore perfetto, un diamante, un difetto
uno strappo che non si ricuce.
Un respiro profondo per non impazzire
una semplice storia d’amore.
Un pirata, un soldato, un dio da tradire
e l’occasione che non hai mai incontrato.

La tua vera natura, la giustizia del mondo
che punisce chi ha le ali e non vola.

Baciami ancora…
Baciami ancora…

Tutto il resto è un rumore lontano
una stella che esplode ai confini del cielo.

Baciami ancora…
Baciami ancora…

Voglio stare con te
invecchiare con te
stare soli io e te sulla luna.

Coincidenze, destino
un gigante, un bambino
che gioca con l’arco e le frecce
che colpisce e poi scappa
un tesoro, una mappa,
l’amore che detta ogni legge
per provare a vedere
che c’è laggiù in fondo
dove sembra impossibile stare da soli
a guardarsi negli occhi
a riempire gli specchi
con i nostri riflessi migliori.

Baciami ancora…
Baciami ancora…

Voglio stare con te
inseguire con te
tutte le onde del nostro destino.

Baciami ancora…
Baciami ancora…
Baciami ancora…
Baciami ancora…
Baciami ancora…
Baciami ancora…
Baciami ancora…
Baciami ancora…
Baciami ancora…

All right, baby!


One, dos, tres, four.

Una bellísima pérdida de tiempo,
una empresa imposible,
la invención de un sueño,
una vida en un día,
una tienda (de campamento) más allá de la duna.

Un planeta en una piedra,
el infinito en un paso,
el reflejo de un sol sobre la onda de un río,
volvieron las luciérnagas a Roma,
en los parques del centro el verano perfuma.

Una madre, una amante, una hija,
un compromiso, una vez, una nube oscura,
un imán en el refrigerador, un cuaderno de apuntes,
una casa, un avión que vuela.

Bésame otra vez,
Bésame otra vez…

Todo el resto es un ruido lejano,
una estrella que explota en los confines del cielo.

Bésame otra vez,
Bésame otra vez…

Quiero estar contigo,
perseguir contigo,
todas las ondas de nuestro destino.

Una niña que baila, un cielo, una habitación,
un camino, un trabajo, una escuela,
un pensamiento que escapa,
una luz que roza,
una llama que incendia la aurora.

Un error perfecto, un diamante, un defecto,
una rotura que no se repara.
Una respiración profunda para no volverse loco,
una simple historia de amor.
Un pirata, un soldado, un dios que traicionar
y la ocasión que nunca habías tenido.

Tu verdadera naturaleza, la justicia del mundo
que castiga a quien tiene alas y no vuela.

Bésame otra vez,
Bésame otra vez…

Todo el resto es un ruido lejano,
una estrella que explota en los confines del cielo.

Bésame otra vez,
Bésame otra vez…

Quiero estar contigo,
envejecer contigo,
estar solos, tu y yo en la luna.

Coincidencias, destino,
un gigante, un niño
que juega con el arco y la flecha
que golpean y luego escapa,
un tesoro, un mapa,
el amor que dicta todas las leyes
para intentar ver
qué hay allá en el fondo
donde parece imposible estar solos
mirándose a los ojos,
llenando los espejos,
con nuestros mejores reflejos.

Bésame otra vez,
Bésame otra vez…

Quiero estar contigo,
envejecer contigo,
estar solos, tu y yo en la luna.

Bésame otra vez,
Bésame otra vez…