EL BLOG SE PRESENTA...

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Al cumplir los cuarenta, mi creador comenzó a hacerse las típicas preguntas asociadas a aquella edad: «¿qué he hecho con mi vida hasta ahora?», «¿qué pienso hacer a partir de ahora con ella?». Esas cuestiones fueron el motor de un blog con un carácter más bien “autobiográfico”, una suerte de “registro de recuerdos” que pretendía anotar algunas de sus vivencias personales y su impacto en él. Sin embargo, aquellas primeras páginas se expresaban en función del autoconcepto y el estado de ánimo del autor. Si ambos eran bajos, el estilo de cada publicación traslucía ese sentir.
Con el tiempo, aquel proyecto acabó en vía muerta.
Dos años después, mi autor retomó aquel cuaderno de bitácora para reconstruirlo desde sus cimientos e intentar corregir sus defectos. ¡Y nací yo!
En mis inicios, fui un medio para satisfacer el deseo de compartir vivencias y reflexiones personales, así como textos y vídeos variados que gustaban a mi creador. Este navío quería traer a puerto todas aquellas mercancías que pudieran enriquecer a los que paseasen por sus páginas.
Con el paso del tiempo me he dado cuenta que soy todo eso y algo más. Si, sigo siendo el saco en el que se introducen todas aquellas vivencias, reflexiones, textos y videos que han enriquecido de una u otra manera a mi autor. Pero además, combinando palabras propias y prestadas, me estoy convirtiendo en el relato de un itinerario en el que mi creador describe su transformación. En mi se ha reunido todo aquello que ha formado parte (de alguna manera) de un proceso de ensanchamiento humano y espiritual, un proceso de evolución que aún continúa.

¡Bienvenidos!


Mostrando entradas con la etiqueta Camino de Santiago. Mostrar todas las entradas
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domingo, 18 de marzo de 2018

CAMINOS (O CUANDO SE CREE HABER COMPRENDIDO LA VOLUNTAD DE DIOS)

Como creo que ya he dicho en otro lugar de este blog, una de las cinco experiencias que más han marcado mi vida ha sido mi paso por el Seminario diocesano, el lugar donde se forman los futuros sacerdotes católicos. Mi paso por aquel lugar no sólo condicionó la manera de vivir y valorar gran cantidad de acontecimientos de mi historia, sino muchas de mis decisiones.
 
La pregunta que mejor podría definir aquellos años de seminarista fue esta: ¿cuál es el camino que he de seguir? Dicho con otras palabras más piadosas la cuestión quedaba así: ¿cuál es el sendero que Dios quiere para mí, el que El desea que yo siga? Al hilo de esta interrogante, el razonamiento siguió una línea un tanto perversa: “¿y si no ando por ese camino?, ¿dejaré de hacer entonces la voluntad de Dios?”, “si me atrevo a explorar otros caminos distintos de este, ¿iré en contra de sus deseos?”. Por desgracia, hasta no hace mucho tiempo estas preguntas no han dejado de rondarme la cabeza.
 
¡Qué bueno sería que, a la hora de responder cuestiones así, la vida te lo pusiera todo igual de fácil que a un peregrino en Pola de Siero!
 
Antes de llegar a Oviedo, viniendo desde la costa por el Camino de Santiago, pasamos por Siero. Recuerdo que lo más característico del tramo desde esta localidad hasta la capital del Principado de Asturias era la exagerada profusión de flechas amarillas que te indicaban el sendero. A nuestro paso por el albergue de Siero, el hospitalero nos avisó: “como de aquí a Oviedo os perdáis por el camino, ¡soy capaz de buscaros y correros a gorrazos hasta Santiago!”. Es cierto: creo que no exagero si digo que la densidad de flechas por metro cuadrado era de más seis. ¡Cómo para perderse!
 
Lo triste es que en esta vida no hay flechas que te indiquen con tanta facilidad la dirección correcta. Y la cosa se complica aún más cuando metes en el juego la “voluntad divina”. Durante mis años de seminarista, sólo supe entender que cumplir la voluntad de Dios consistía en responder a su llamada para hacerme sacerdote. Interpretadas las preguntas desde esa clave, la infidelidad consistiría en no cumplir dicha tarea: no consagrarme al servicio de Dios y de una comunidad eclesial.
 
Esas palabras del Evangelio que dicen: “el que pretenda salvar su vida, la perderá…” han pesado sobre mí durante mucho tiempo. Eso ha sido así porque, cada vez que las he leído, las he interpretado dentro de un determinado contexto en el que el temor a no seguir aquel camino, a desobedecer su voluntad sobre mí vida, podría suponer perderme para siempre.
 
Los años me han permitido entender que una cosa sí que es cierta: la vida no se desperdicia por dejar de cumplir una determinada “misión” o por desviar los pasos de un camino que creemos definido previamente por una voluntad superior. Se desperdicia mucha más vida intentando averiguar ese rumbo y pretendiendo no equivocarse con la elección. El que anhele seguridad y certeza en sus elecciones, seguro que perderá el tiempo.
 
 
¿Cuál es el camino a seguir? ¿Merece la pena obsesionarse con esta pregunta? Después de todo, nadie te puede indicar con absoluta certeza el camino que debes andar, ni siquiera alguien que sea capaz de oír claramente “la voz de Dios y sus designios”. Tu propio camino lo vas encontrando paso a paso. Mejor dicho: lo vas haciendo paso a paso (como una vez dijo el poeta). Al final, esto de la voluntad de Dios tiene más que ver con el ser de las cosas que con las cosas que hacer. Lo que uno “debe hacer en esta vida” tiene mucho que ver con lo que uno es. Lo primero es ser (o mejor dicho, comprender quién eres). El resto se dará por añadidura. De esta forma, el “camino” va transformándose en un “lugar natural”, ese espacio en el que te sabes lleno porque haces aquello que eres. Y aun esta imagen se me antoja limitada, ya que puede hacernos olvidar que hasta ese “espacio natural” puede verse sometido a las leyes del cambio.

domingo, 16 de octubre de 2016

LA SENDA POR ANDAR

En el Camino de la Costa, entre Laredo y Santander, hay un pequeño pueblo llamado Güemes. Allí tuve la oportunidad de conocer al párroco de aquel lugar, Ernesto Bustio, un personaje conocido por muchos de los peregrinos que alguna vez han hecho aquella ruta. El padre Ernesto (o Ernesto, como él solía presentarse) dirige, junto con un nutrido grupo de voluntarios, el albergue de peregrinos: la “Cabaña del abuelo Peuto”. Todas las tardes Ernesto tenía la costumbre de reunir a los peregrinos en la biblioteca del albergue para explicarles la historia de Brezo, la ONG para el desarrollo de la que terminó surgiendo (sin pretenderlo) este increíble lugar de acogida de caminantes.
 
En su charla, Ernesto nos decía una frase: «El Camino es un lugar de encuentro con uno mismo (con sus límites y sus posibilidades), de encuentro con los demás (los otros peregrinos o las gentes del lugar), de encuentro con el medio ambiente, con la naturaleza y, para los creyentes, un lugar de encuentro con Dios». Después de escucharlas, estas palabras no dejaron de dar vueltas en mi cabeza los siguientes días de camino.
 
 
Una semana más tarde, conocí en uno de los albergues a una pareja de peregrinos con muchos más “Caminos” y kilómetros en sus piernas que yo. Hablábamos de ésta experiencia que estábamos haciendo y, con la ingenuidad del principiante, yo me puse a pontificar utilizando las palabras de “San Ernesto”. La respuesta que me dio uno de aquellos peregrinos me dejó “planchado”: «El camino es algo muy personal y aquí cada cual tiene sus propias motivaciones cuando lo hace. Luego, cuando cada uno regrese a su casa, podrá hacer todas las intelectualizaciones que quiera sobre su experiencia».
 
Durante mi experiencia como peregrino del Camino de Santiago pude cruzarme con gentes de todos los colores, olores y sabores. Conocí a quienes parecían creer que el Camino era alguien a quién se tiene que vencer, un reto que superar en un plazo de tiempo concreto; también conocí peregrinos más tranquilos, sin prisas ni metas prefijadas, con la simple intención de disfrutar del camino andado. Algunos iban más rápido, y otros más lento. Unos buscaban afrontar un desafío deportivo; otros hacer un reportaje fotográfico; otros hacer turismo; otros disfrutar de la arquitectura, de la naturaleza o del paisaje; otros encontrarse con las gentes del Camino. Había quien buscaba ligar con las peregrinas, pero también quien deseaba tener una honda experiencia espiritual o de encuentro consigo mismo. Unos elegían el camino oficial, mientras que otros preferían andar por rutas alternativas. Y también los había que, de todo lo dicho, buscaban un poco de cada.
 
Pasados los años, no puedo restarle un gramo de verdad a las palabras de Ernesto Bustio. No me cabe la menor duda que el Camino es lugar de encuentro con uno mismo, con los demás, con el entorno y, para aquellos que lo buscan, con Dios. Sin embargo, cada uno camina como quiere y por donde ha decidido. Sólo toca respetar las opciones de cada cual, aunque muchas veces se caiga en la tentación de dar lecciones de cómo andar un Camino “más auténtico”, como si tu forma de hacerlo fuera la correcta. Al final, lo único seguro que puedes afirmar es que tú no caminarías de la forma que otros lo hacen, y que tú has decidido hacer tu Camino a tu modo.
 
Dicho esto, voy a “intelectualizar” un suceso de aquella experiencia.
 
CONTINUARÁ…
 

domingo, 9 de octubre de 2016

LO QUE GUARDÉ, PERDÍ

Hace dos semanas colgué un cuento al que no le quise añadir ni moraleja ni explicación (La muerte de un idiota). Ya he dicho en otro lugar de este blog que lo que menos me gusta es darle una interpretación “oficial” a estas historias, ya que cada una deja su particular huella en cada persona.
 
Por supuesto, hoy no pretendo romper mi propia norma y dejar una enseñanza de aquel cuento. Sin embargo, esa historia me ha traído el recuerdo de los días anteriores a la finalización del Camino de Santiago que hice hace seis años. Ese recuerdo sí que me dejó una pequeña lección y ahora me gustaría compartirla.
 
* * *
 
Yendo por el Camino Primitivo (el que transcurre por el interior de Asturias y pasa por Lugo) me tocó aguantar varias jornadas de nubes y lluvias más o menos intensas, según el día. Tuve que atravesar algunas veces por lo que los paisanos llamaban “caminos con charcos” (una cosa que, en mi pueblo, que es más de secano, se conoce como “pantanos llenos de lodo”). Tras nueve días de precipitaciones, deseaba con todas mis ansias abandonar de una vez por todas el capote para la lluvia y los pantalones impermeables. Las botas siempre terminaban cada etapa completamente mojadas y los pies ya se habían acostumbrado a una constante humedad sin que hubiesen sufrido (milagrosamente) ni una sola ampolla.
 
 
Aquel noveno día de aguaceros tocaba subir hasta el Puerto del Palo desde Pola de Allande. El ascenso comenzaba con un impresionante sendero hasta un lugar llamado La Reigada, rodeado todo el tiempo por bosques autóctonos en las laderas de la montaña. Semejante espectáculo fue lo mejor de aquella jornada y, aunque pueda resultar paradójico, el bosque me parecía aún más bello cuando lo caminaba bajo la lluvia. Aquella fue una experiencia dura, pero hermosísima.
 
Conforme subía al puerto, la lluvia cesó. Sin embargo, la niebla se iba cerrando cada vez más entorno a mí. Los bellos paisajes de bosques dejaron de verse y cualquier panorámica desde el alto se hizo imposible. Era toda una fortuna si la vista llegaba hasta cien metros. A mi alrededor podía ver algo de ganado suelto y se escuchaban los cencerros de los animales que la vista no lograba alcanzar. Aparte de algún que otro tintineo aislado de las reses pastando en medio de la bruma, sólo podía escuchar el viento y mi respiración. En aquel paraje, en medio de la niebla, la humedad y el frío, sólo se escuchaba el esfuerzo.
 
Superado el puerto, el resto del camino era bajada hasta un pueblito llamado Berducedo, cerca del límite entre Asturias y Galicia. Fue allí, después de todo aquel tiempo caminando bajo la lluvia y sin que despuntase ni un miserable rayo de sol entre las nubes, donde comencé a ver de nuevo el azul del cielo.
 
Al día siguiente, en la subida desde Berducedo hasta Buspol pude disfrutar de mi primer amanecer soleado y sin nubes de tormenta. Las vistas que desde allí se tenían del embalse de Salime eran magníficas. Luego, la bajada hasta la presa, marchando por una senda forestal rodeada de pinos, fue algo verdaderamente extraordinario: aquel era un camino para disfrutar.
 
Recuerdo que, haciendo esa bajada, meditaba sobre las razones para hacer el Camino. Sé que hice grandes reflexiones de las que ahora ni me acuerdo. Pensaba en las motivaciones de la peregrinación, en el simbolismo del Camino, en el sentido de la vida y en todas esas chorradas. Sin embargo, en aquel mismo instante me di cuenta de que había dedicado más de la mitad del Camino a teorizar sobre el propio Camino, pero, ¿me había encontrado con lo que me rodeaba mientras tanto? Los recuerdos más vívidos e intensos que guardo del Camino son los de aquellos últimos días de peregrinación, pero ¿y de lo anterior? ¿Cuántas cosas me perdí durante los primeros kilómetros de mi itinerario mientras caminaba distraído en mis meditaciones?
 
Como decía el cuento del otro día: el regalo más importante que nos da esta vida es la oportunidad.
 
Un par de días más tarde, ya en la provincia de Lugo, entre A Fonsagrada y O Cádavo pasaba por un pueblo llamado Paradavella. Casi sin darme cuenta, saliendo de la senda que transitaba entre la arboleda, me fui a dar de bruces con un pequeño bar. Allí decidí hacer un alto y tomar un pequeño refrigerio. La muchacha que me estuvo atendiendo me dio un rato de conversación. Comenzamos a hablar sobre los peregrinos. Ella se sorprendía de aquellos que pasaban a toda velocidad frente al bar, sin apenas detenerse a ver lo que había por allí. No se quejaba de que no se detuviesen en su negocio a hacer algo de gasto; lo que le resultaba inexplicable era que tanta gente pudiera tener tanta prisa por llegar al final de la etapa. Yo también compartía su sorpresa y me hacía de cruces por “esa clase” de peregrinos.
 
Sin embargo, hoy dudo de que me distinguiera mucho de ellos.
 
Da igual que vayas corriendo intentando alcanzar un objetivo o que no dejes de darle vueltas a la cabeza sobre el sentido que lo que te puede estar ocurriendo, al final puedes perder lo más importante: vivir la propia experiencia con una mínima actitud contemplativa.
 
Durante aquellos días de peregrinación no había dejado de reflexionar sobre el significado de las flechas amarillas, sobre el sentido que le podía dar a mi propia sombra proyectada frente a mí cuando el sol se elevaba a mi espalda mientras caminaba, o sobre el simbolismo de otros mil accidentes del Camino. En el fondo, tengo la impresión de que todo esto no era sino el fruto de una humana necesidad de sentir que todo encaja. No obstante, a veces dudo de que no haya sido todo ello una lamentable pérdida de tiempo y una tarea que distraía mi atención de lo verdaderamente importante.
 
Recuerdo ahora otra anécdota de esos días. Fue entre A Lastra y el alto de Fontaneira. En medio de mis pensamientos, se me ocurrió levantar la vista. En ese preciso instante, delante de mí, saliendo de entre los árboles que rodeaban el camino, se me cruzó una corza como una exhalación. ¡Me hubiese perdido aquel instante si hubiese permanecido con la mirada clavada en el suelo, enredado en mis solitarias cavilaciones!
 
Cuando me quedaban menos de ciento cincuenta kilómetros para llegar a mi meta en Santiago, cuando ya había caminado mucho más de seiscientos kilómetros, descubrí que el Camino (el que yo estaba haciendo) no estaba para pensar y hacerse preguntas, sino para vaciar la mente de pensamientos e interrogantes. Mientras hacía mil consideraciones, perdía la oportunidad de darme cuenta de lo verdaderamente importante: lo que acontecía a mi alrededor.
 
 
¡Qué fácil resulta distraerse y perder el tiempo intentando elaborar hipótesis personales! ¡Qué sencillo no darse cuenta de lo que la vida te pone delante a cada instante, no aceptar lo que es, no disfrutar lo presente!
 
¡A veces siento que sólo he oído el ruido que hace mi voz, no el sonido de lo que me ha rodeado!
 
¡Ahora comprendo lo fácilmente que he dejado alejarse la oportunidad!
 
* * *
 
Acude ahora a mi memoria un último recuerdo “peregrino”. En Asturias, cuando hice el Camino, pasé a unos siete kilómetros de Llanes por un pueblecito llamado Barru. A la entrada había una pequeña capilla en cuyo interior pude leer la siguiente inscripción, que aquí dejo para dejar al lector pensando un buen rato:
 
Yo tuve lo que gasté
pero tengo lo que di
sufro por lo que negué
y lo que guardé perdí.

domingo, 4 de septiembre de 2016

HOSPITALIDAD

Mi peregrinación hacia Santiago de Compostela la comencé en Irún. Desde esa ciudad parten dos ramales del Camino: uno es el Camino Vasco Interior, que confluye en el Camino Francés a la altura de Santo Domingo de la Calzada, y el otro es el Camino del Norte, que transcurre a lo largo de toda la cornisa cantábrica bordeando la costa. Antes de salir de Madrid lo único que tenía seguro era la elección de esta última ruta, la Ruta del Norte. El resto era para mí un sinnúmero de incertidumbres.
 
Con casi doce quilos de peso en la mochila no sabía cómo reaccionaría mi espalda tras varias horas de caminata durante muchos días seguidos. Luego estaba la experiencia de tener que compartir habitación en un albergue con más gente: ¿cómo llevaría la falta de intimidad en esos lugares y la convivencia con desconocidos? Además, a pesar de que había tenido la oportunidad de entrenarme en Madrid andando más de quince kilómetros cada día con el calzado que iba a emplear, mis caminatas habían sido demasiado “domésticas”, realizadas sobre aceras lisas y con pocas pendientes. Ahora, sobre terrenos irregulares y no tan llanos, ¿cómo reaccionarían mis piernas y mis pies? Reconozco que en ocasiones como esta me aflora con mucha facilidad el lado “cobarde”, pero ya que había comenzado esta aventura, sólo me quedaba seguir hacia delante hasta donde Dios quisiera llevarme.
 
De aquel incierto inicio del Camino hacia Santiago tengo un recuerdo que hoy me gustaría traer a este blog.
 
Tras bajar del autobús que me llevó desde Madrid hasta Donosti, me subí al “topo”, el tren que me llevaría hasta Irún. Este finaliza su trayecto en Endaya, pero decidí bajarme justo en la parada anterior, en la estación del Puente de Santiago, para comenzar el camino desde allí hacia el albergue. Esto era para mí un gesto puramente simbólico: de esa manera iniciaría el Camino del Norte desde su Kilómetro Cero en territorio español.
 
 
La hospitalera del albergue en Irún (así se les llama a los encargados de acoger a los peregrinos en los albergues del Camino) era francesa. Ella hablaba español bastante bien, pero de vez en cuando no encontraba la palabra adecuada para decir una determinada cosa, por lo que intentaba explicarme la idea dando más rodeos. Viendo su dificultad para expresarse, se me ocurrió decirle que yo entendía algo el francés, ya que lo había aprendido en el bachillerato. ¡Para qué decirle más! A partir de ese instante comenzó a hablarme casi exclusivamente en su idioma. Aquella circunstancia debió ser un pequeño regalo para la mujer, cansada de tener que hablar todos los días o en inglés o en español.
 
Para mí la dificultad no estaba en poder comprenderla, sino en responder en su lengua. Han pasado ya muchos años desde que dejé de estudiar francés, y encontrar las palabras para expresarme siempre me resulta difícil, ya que la falta de práctica ha hecho que olvide muchas expresiones. Por eso, siempre que me encuentro con un francés que habla algo de español, prefiero ocultarle que conozco su lengua. Evidentemente, haber hecho lo mismo en aquella situación me hubiera supuesto un menor cansancio mental, pero no hubiese dejado de convertirme en una especie de “insolidario idiomático”.
 
Sin embargo, por pasarme de listo, me tocó esforzarme en aquella ocasión. La hospitalera me alentaba a hablar en su lengua, y para animarme me dijo algo (en francés, por supuesto) que más tarde me dio para reflexionar. Fue más o menos lo siguiente: «para aprender otra lengua, es necesaria la inmersión en esa lengua, y si no recuerdas una palabra, preguntando a tu interlocutor la encontrarás, y si dudas del significado de algo, la persona con la que hablas te lo aclarará».
 
La moraleja de esta historia sea quizá demasiado fácil: no valen excusas para decir “no puedo”, sólo metiéndose uno en harina puede conocer hasta dónde puede o no puede llegar… Bueno, quizá esa pueda ser una de las moralejas… o quizá sea otra, no lo sé.
 
Al hilo de este recuerdo del Camino de Santiago me vengo a dar cuenta de un pequeño detalle: la hospitalidad no es un hecho unidireccional. De igual manera que aquella mujer mostró hospitalidad conmigo, yo también tenía la oportunidad de serlo con ella hablándole en su lengua y permitiéndola sentirse como en su tierra. Pero también en esta historia puedo reconocer hasta qué punto la pereza y la comodidad pueden transformarme en alguien “inhóspito”. Detrás de muchas de mis excusas nunca ha habido un auténtico “no puedo”, sino un genuino “no quiero”.
 
“Qui habet aures audiendi…”
 

domingo, 21 de agosto de 2016

CAMINAR HACIA LA PROPIA SOMBRA

En el mes de mayo de 2010, algunos días después de haber terminado mi estancia en el monasterio, decidí hacer el Camino de Santiago (quien quiera releer aquella vivencia monástica desde el comienzo puede hacerlo en: La entrada en el desierto). Uno de los motivos para aquella peregrinación fue poder dedicar algún tiempo a reflexionar sobre la experiencia vivida con los monjes.
 
Por desgracia, durante aquellos días de peregrinación lo que menos hice fue meditar aquella experiencia. La razón de ello se volvió más que evidente tras un par de días de marcha: si le das demasiado a la cabeza cuando andas, corres el riesgo de no ver alguna de las flechas que señalen un desvío y extraviarte o, peor aún, perderte alguna de las maravillas que el camino te ofrece a cada paso. Luego, en los albergues, tampoco se suele disfrutar de muchos espacios para la intimidad y la reflexión. Fue ya en Madrid, cuando regresé de la peregrinación, cuando pude revisar aquellas anotaciones hechas en el monasterio.
 
El propio Camino daba material suficiente para la reflexión.
 
Hacer meditaciones en el Camino y sobre el Camino da para mucho… ¡hasta para escribir un libro! En efecto, el Camino es una invitación a la alegoría, a las comparaciones, al paralelismo con la vida y al símbolo. Y releyendo hoy toda aquella experiencia tan sólo se me ocurre decir una cosa: ¡qué terriblemente fácil resulta caer en el “onanismo mental”! (bueno, así me gusta llamarlo a mí).
 
Yendo hacia Santiago de Compostela por el Camino Primitivo, yo había planificado inicialmente hacer la ruta oficial desde Lugo, que sale de esta ciudad, pasa por San Román da Retorta y termina en Melide, lugar donde se une al Camino Francés.
 
Unos días antes, un peregrino belga me animó a cambiar mis planes y seguir por una ruta alternativa, que pasa por Friol y converge en el Camino del Norte unos kilómetros antes de llegar a Sobrado dos Monxes. Esta ruta estaba peor señalizada y las posibilidades de perderte eran muchas, pero se trataba de una senda apenas conocida y sin apenas peregrinos. Me resultó difícil no negarme a esta invitación ya que me permitía disfrutar de la tranquilidad de un camino poco frecuentado antes de unirme en Arzúa a esa riada humana que es el Camino Francés.
 
Aquella era la cuarta vez que pasaba por el monasterio de Sobrado dos Monxes. La primera lo hice con una “macro-peregrinación” organizada por la Delegación Diocesana de Juventud de Madrid. Las dos veces siguientes lo hice albergándome en su hospedería, y desde mi última visita a este monasterio habían transcurrido poco más de dos años. Ahora llegaba allí como fruto de una decisión de última hora, ya que nunca había considerado la posibilidad de pasar por este monasterio.
 
Pues bien, en Sobrado me reencontré con un cura que procedía de Madrid y al que ya conocía de sus tiempos de Seminario. Unos años después de ordenarse como sacerdote entró en aquel monasterio y terminó haciéndose monje.
 
Antes de continuar con mi camino pude cruzar unas palabras con él.
 
Recuerdo que me dijo un par de cosas. La primera tenía que ver con su propia experiencia como peregrino, ya que unos años atrás él también tuvo la oportunidad de hacer el Camino. Se trataba de una imagen que se le había quedado muy grabada. Cuando alguien va haciendo el Camino de Santiago, andando por el Camino Francés, por el de la Costa o por el Camino Primitivo, se encuentra con un fenómeno tan evidente que a veces pasa inadvertido, pero que tiene poco desperdicio cuando se medita con atención: el sol siempre sale a espaldas del peregrino y su propia sombra queda por delante mientras va caminando. Esta es una señal que confirma que el camino que se anda es el acertado. Aunque no tengas flechas que te lo indiquen, el camino que haces será el correcto mientras tengas tu propia sombra por delante de ti. Luego, al despedirse, me dijo una frase que quedó grabada en mi memoria: «Ahora tu continúa con tu camino, que yo me quedaré aquí, haciendo el mío».
 
Como ya he dicho, caer en la “masturbatio mentis” es muy sencillo, pero, bien mirado… tiene mucha miga: ¡un camino que se hace dentro de los muros de un monasterio y, luego, caminar hacia la propia sombra!
 
Cuando uno se detiene a meditar un poco sobre el Camino de Santiago no es muy difícil verlo como una metáfora de la vida misma. En el fondo, todos somos peregrinos. Andamos por diferentes senderos y en diferentes sentidos. Unos pueden acercarse a la meta y otros pueden alejarse (conscientemente o no) de ella. Unos prefieren caminar sin buscar indicaciones, simplemente dejándose llevar por su instinto, mientras que otros buscan alguna flecha que les indique el camino correcto, y no encontrarla puede generarles incertidumbre y miedo de haber errado.
 
Cada quien puede sacar de todo esto la moraleja que mejor le parezca. Yo siempre he estado demasiado obsesionado por encontrar el camino, por hallar mi camino, por hacer mi camino. Sin embargo, hoy tengo la sensación de que el camino más importante a seguir es aquel que me lleva a mí mismo: esa sombra es el camino que he de seguir.
 
¡Aunque igual esta es también otra “pajilla mental”!
 

domingo, 12 de junio de 2016

UN RECUERDO DEL CAMINO

Haciendo el Camino de Santiago, hace ya algunos años, entre Arzua y Pedrouzo, encontré una de esas frases para pensar. Algún peregrino francófono la dejó escrita con rotulador de punta gruesa en una papelera, a modo de grafiti. Decía así:

Il est très bonne
pour l’esprit de ne pas
être toujours trop raisonable.
 
(Es bueno para el espíritu no ser siempre demasiado razonable)
 
 



domingo, 11 de enero de 2015

EL ILUMINADO

En el año 2010, el último año santo compostelano, tuve la oportunidad de hacer el Camino de Santiago. No fue aquella la primera vez, ya que bastantes años atrás lo hice desde Ribadeo, siguiendo la Ruta del Norte. En aquella ocasión no lo caminé en solitario, sino que me acompañaba un “grupito” de mil quinientas personas (peregrino más, peregrino menos). Tal evento estuvo organizado por la Delegación Diocesana de Juventud de Madrid.
 
Aquella “peregrinación” tenía de todo: infraestructura de camiones para llevarnos las mochilas, coche de apoyo para los lesionados, latas de comida para todos, polideportivos cedidos por los ayuntamientos de los pueblos donde hacíamos noche, ¡y hasta un obispo! Vamos, que no le faltaba casi de nada. Sin embargo (y no sé explicar muy bien el motivo), aquel “sarao” nunca he podido entenderlo como una experiencia de Camino. De hecho, cuando me han preguntado, siempre he dicho que el único Camino que he hecho ha sido el del año 2010.
 
Andando con calma, disfrutando de los paisajes y de las charlas con las gentes de los pueblos por los que pasaba, sin prisas por llegar al siguiente albergue, el tiempo que necesité para recorrer los casi 800 kilómetros de distancia entre Irún y Santiago fue de cuarenta y cuatro días. Inicié mi peregrinación en Irún, yendo por el Camino del Norte hasta Villaviciosa, tomando desde allí el sendero hacia Oviedo, para continuar por el Camino Primitivo. Fueron sendas con poco tránsito de peregrinos, una elección muy buena, dado que yo buscaba la soledad en el Camino.
 
Hubo momentos difíciles. La dureza de Euskadi (el primer tramo del Camino del Norte), un proceso diarreico que duro cuatro días, desde Pobeña (en el límite de Vizcaya con Cantabria) hasta Güemes (entre Laredo y Santander), que casi me dejó sin fuerzas, o la lluvia en Asturias durante nueve días (que hizo el camino casi intransitable en algunos tramos). No obstante, mereció la pena.
 
Aquella experiencia es de las que dejan marca, de esas que te suelen cambiar la mirada. Recuerdo que a mi regreso hablaba del Camino como un iluminado, como alguien que ha descubierto una gran verdad. Eso sí, para poder comprender esto que digo es necesario hacer el Camino por sí mismo, ya que existen tantas vivencias como peregrinos.
 
Hay quienes viven una experiencia vacacional o una actividad turística alternativa. Hay quienes buscan una experiencia deportiva, quienes se enfrentan al Camino como si este fuera un reto o una competición, pero también quienes viven una búsqueda espiritual. Hay quienes caminan en un día hasta cuarenta kilómetros de distancia para llegar a Santiago en una determinada fecha o simplemente obsesionados por llegar pronto al final de la etapa para no perder plaza en el albergue.
 
¿Qué pude descubrir yo? Que el Camino está ahí para encontrarse con él, no para luchar contra él; está ahí para encontrarse con los demás, no para competir con ellos; está ahí para encontrarse con uno mismo, no para combatir contra sí mismo.
 
Yo tuve mi propia experiencia, pero mi percepción del Camino también se fue modelando con las vivencias compartidas con otros peregrinos.
 
O puede que al final siga hablando como un iluminado.